Diócesis de Matagalpa

“No se puede pretender amar sin el respeto a la vida, a las diferencias de pensamientos y a los derechos humanos”. Reflexiones de monseñor Rolando Alvarez para la semana:

Estamos celebrando el quinto domingo de pascua, hoy el Señor nos presenta el mandamiento nuevo: “Que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. Siempre he dicho que el pueblo nicaragüense tiene dos tentaciones: La de perder la esperanza, porque un pueblo sin esperanza es sepultado en vida, y el odio, porque un pueblo que odia se autodestruye, de ahí que tenemos una gran urgencia del mandamiento del amor que comienza con el respeto, no se puede pretender amar sin el respeto a la vida, a las diferencias de pensamientos y a los derechos humanos que nos pertenecen a todos.

Por eso los derechos humanos no los puede arrebatar una ley ni una fuerza, son inaplazables, inalterables, no son objetos de arreglos coyunturales, los derechos humanos nos pertenecen por naturaleza. Una vez que se inicia con el respeto a los demás podríamos pasar a una ley que es esencial para vivir el mandamiento nuevo del amor, eso es lo que hemos llamado el perdón a través de una teología de la reparación. Nicaragua necesita, urge de un proceso de perdón, de reconciliación, necesitamos perdonarnos unos a otros, necesitamos reconciliarnos unos a otros porque el alma del nicaragüense está herida, está dañada por el dolor profundo que parte en cuatro todos nuestros corazones, pero para llegar y para realizar ese proceso de perdón y reconciliación es necesario una teología de la reparación, que podemos encontrar en tres pasajes bíblicos.

La del Padre Misericordioso, cuando el hijo pródigo vuelve a casa y retorna en el camino con sencillez, humildad y su rostro inclinado porque ha pecado, ha fallado y ha cometido un pecado contra la casa del Padre. Ese camino de retorno a la casa del Padre para pedir perdón no se puede hacer triunfalistamente, porque si se hace triunfalistamente no es ni será nunca de Dios.

La escena de Saqueo cuando el Señor lo visita en su casa y aquel hombre ha cometido un pecado social, se ha enriquecido a costa de los demás y conociendo al Señor le dice: devolveré la mitad de mis bienes a los más pobres y a los que he robado devolveré cuatro veces más, ese hombre cuando profesa, cuando ha reparado sus culpas es cuando exclama: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, sólo cuando reparamos nuestras culpas llega la salvación a esta casa.

Y finalmente la escena de la mujer adúltera, cuando aquellos hombres estaban siendo hipócritas al punto de decirle al Señor: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, solo con esta mujer y con el arrepentimiento de ella Cristo le dice: “Vete y no vuelvas a pecar más”. Para recibir este perdón del Señor necesitamos intención clara, dolor profundo de los pecados, el deseo entrañable y el compromiso de no repetir la falla grave que se ha cometido.

Hoy también damos gracias a Dios por la beatificación de Conchita Cabrera quien fue una laica, no una religiosa, una mujer servidora, una viuda, y me ha encantado lo que ella en vida decía que deseaba ser santa no de altar, y pensaba que esta mujer se santificó en el amor a Cristo desde su mística y consagración al Sagrado Corazón de Jesús, porque este misticismo lo encontramos cuando ella dice: “Quiero encarnarme en el Sagrado Corazón de Jesús”, una mística en el Sagrado Corazón de Jesús, y ¿Dónde encontraremos el mandamiento del amor? Es ahí en el Sagrado Corazón de Jesús donde está el amor del Señor por la humanidad, quien conoce el corazón de Jesús como conchita debe ser apóstol del amor de los demás, por eso pienso que como ella el que ha encontrado el corazón de Jesús, su apostolado es volcar a los demás el amor en la vida ordinaria, en la vida de todos los días.

A esta mujer ordinaria que abrazó además la espiritualidad de la Cruz donde el hijo es glorificado pidamos que interceda por nosotros, por los nicaragüenses sin excepción, porque todos nos encontramos con el corazón lastimado, herido, sufrido y todos necesitamos esperanza, amor de perdón y reconciliación; todos necesitamos de este bálsamo pidiendo perdón a quien se ha dañado, recordemos que el perdón es propio de las almas fuertes, el que pide perdón no es débil, el que hace este camino es fuerte, es propio de las almas fuertes. Pidamos a ella que nos ayude a sanar las heridas, los dolores profundos que han partido en cuatro el corazón de los nicaragüenses, que ella interceda por nosotros para que el mandamiento del amor se levante como un estandarte invencible para el nicaragüense, porque ante la fuerza del amor no existe fuerza alguna que pueda derribarlo.

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