Diócesis de Matagalpa

Diócesis de Matagalpa tiene tres diáconos en solemnidad de Pentecostés

“El diácono, a la escucha, al servicio, lavándole los pies al pueblo, profeta del Señor y fieles”, fue la homilía que dirigió monseñor Rolando Alvarez, Obispo de la Diócesis de Matagalpa, durante la Santa Misa en que fueron ordenados diáconos los jóvenes: Matilde Elías Gutiérrez, originario de Rancho Grande, José Luis Díaz, de la zona rural de la parroquia San Antonio de Padua en Matagalpa y Fernando Calero de la parroquia San José Obrero, El Tuma.

La celebración se realizó el sábado 8 de junio, vísperas de la solemnidad de Pentecostés, en la Iglesia Catedral San Pedro de Matagalpa.

Los nuevos diáconos que en noviembre, Dios mediante, serán ordenados sacerdotes quedan sirviendo de la siguiente forma: Elías Gutiérrez en la parroquia San Francisco, Río Blanco, José Luis, en la Iglesia Catedral y Fernando Calero en la parroquia Nuestra Señora de Fátima, Rancho Grande.

La liturgia fue concelebra por el clero diocesano.

A continuación el texto de la homilía dirigida por el Obispo de Matagalpa:

“Amadísimos muchachos. Al iniciar esta reflexión, quiero agradecerles su generosidad, ya que después de haber escuchado el llamado y tras un proceso de discernimiento, hoy dan el primer paso para consagrar sus vidas al servicio de Dios y de su reino. Ustedes muchachos han sido llamados por el Señor y se han puesto en actitud de escucha. La respuesta que hoy ustedes dan, nace de la humilde actitud del que está dispuesto a escuchar. Escucha.

Los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo. El sacramento del Orden los marca con un sello que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo “diácono”, es decir, el servidor de todos. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1570). Servidor.

Así encontramos a nuestro Señor, con la cintura ceñida con un lienzo y con agua en un jarro; nos lava los pies y los seca con el lienzo. Lo hace para mostrarnos el servicio y el amor, para que nosotros hagamos lo mismo. Si nuestro Señor hizo así, ¿tendrán ustedes alguna dificultad de hacer lo mismo? (cf. La Didascalia, “Le canoniste Contemporaine” 24 (1901) 558. Lavarle los pies al pueblo.

Los diáconos cumplen una triple función. Servidores del altar, colaborando en la liturgia. Servidores de la Palabra, como profetas, anunciando y denunciando. Profetas.

El Antiguo Testamento nos habla de Samuel, quien siendo un muchacho al servicio del sacerdote y del santuario, fue llamado por su nombre y responde al llamado “habla, que tu siervo escucha” (1 Sam 3, 10). De esta forma, se convierte en un profeta, comprendiendo su condición de profeta como la de servidor de Dios.

El profeta es quien lleva la Palabra de Dios, no dice sus propias palabras, sino que habla lo que Dios quiere decir a su pueblo.

Esta Palabra de Dios es “más cortante que cualquier espada de dos filos… y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4, 12), molesta la comodidad de muchas conciencias, corta con precisión cualquier ambigüedad, descubre toda falsedad, pero también sabe llegar al “alma y espíritu, articulaciones y médula” (ídem) más endurecidos. Ustedes serán entonces custodios y mensajeros de la Palabra, proclamándola como lo ha hecho la Iglesia a través de los siglos, “viva”, (ídem) tal cual es, no con interpretaciones personales para agradar a quien les escucha, ya que como siervos, al único a quien deben agradar es a su Señor. La Palabra de Dios debe ser anunciada y proclamada sin miedos, sin rupturas. Y sin endulzarla o querer endulzar el oído de los otro, o condicionado a lo que los otros quieran oír. No.

“Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia” (San Juan Pablo II, 29 enero 1979). No es la Palabra de Dios la que debe ser ajustada o adaptada, serán ustedes quienes deban ayudar a otros a vivir esa coherencia, la que debe pasar por la fidelidad. “Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público” (ídem). Fidelidad.

Afirma el papa Francisco “Los diáconos manifiestan de modo particular el mandamiento de Jesús: imitar a Dios en el servicio a los demás, imitar a Dios que es amor y nos empuja incluso a servirnos. El modo de actuar de Dios, con su paciencia, su benevolencia, su compasión y su disponibilidad para hacernos mejores, también deben distinguir a todos los ministros: los obispos como sucesores de los Apóstoles, los sacerdotes, colaboradores suyos y en concreto, en el “servir a las mesas”, a los diáconos. Los diáconos, que son efectivamente “el rostro de la Iglesia en la vida cotidiana, de una comunidad que vive y camina entre la gente, y donde no es grande el que manda sino el que sirve” (04.06.2016).

Queridos hermanos todos, en las primeras Vísperas de la Solemnidad de Pentecostés, el Señor derramará el Espíritu Santo sobre estos hermanos, unámonos en una súplica para que estos nuevos diáconos de la Iglesia, sean fortalecidos con los siete dones y vivan con coherencia el ministerio.

Con San Pablo VI decimos “¡Señor! en este momento decisivo y solemne, nos atrevernos a expresarte: Tú, Señor Jesús, eres el mediador entre Dios y los hombres; no eres obstáculo, sino camino; no eres un sabio entre tantos, sino el único Maestro; no eres un profeta cualquiera, sino el intérprete único y necesario del misterio religioso, el solo que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios, Nadie puede conocer al Padre, has dicho Tú, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo, que eres Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, quisiere revelarlo Tú eres el revelador auténtico, Tú eres el puente entre el reino de la tierra y el reino del cielo: sin Ti, nada podemos hacer. Tú eres necesario, Tú eres suficiente para nuestra salvación. Haz, Señor, que comprendamos estas verdades fundamentales. Y haz que comprendamos, cómo nosotros, pobre arcilla humana tomada en tus manos, milagrosas, nos hemos transformado en ministros de esta tu única mediación eficaz. Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes tuyos y administradores de tus divinos misterios difundir los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres, a los cuales está dedicada totalmente y para siempre toda nuestra vida”. (cf. 22 de agosto de 1968).

Que la Virgen María, sierva por excelencia del Señor, Madre de la Iglesia, quien junto a los Apóstoles, perseveraba en la oración, interceda para que estos hermanos nuestros y para que todos nosotros aquí presentes y para que todos aquellos que nos acompañan a través del “ambiente mediático”, recibamos una nueva efusión del Espíritu Santo”.

Por: Manuel Antonio Obando Cortedano.

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