Diócesis de Matagalpa

Diócesis de Matagalpa en reforma. Reflexiones de monseñor Rolando Alvarez para la semana:

En el Evangelio del recién pasado domingo, Jesús dice a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra”, este fuego al que se refiere Jesús es el Espíritu Santo. Nosotros hemos dedicado este año al Espíritu Santo, y más que un lema es una mística, una espiritualidad que mueve nuestro ser en la Diócesis de Matagalpa, al proclamar: “Renovados a la luz del Espíritu Santo”. Es así como desde el mes de agosto del año pasado nuestra Iglesia particular ha entrado en un proceso serio y profundo de reflexión que nos ha conducido a mirar pastoralmente la realidad social, política, económica, cultural, religiosa y propiamente eclesial que estamos viviendo en estos momentos cruciales de nuestra historia.

Pero también al mirar pastoralmente a esta realidad, el Divino Espíritu a través de todas nuestras instancias pastorales, me refiero a 28 consejos parroquiales, 23 comisiones diocesanas pastorales, a los líderes de los movimientos eclesiales en nuestro territorio diocesano, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, nos ha llevado a preguntarnos tres cosas fundamentales: Una en el área antropológica-humana, otra en el área cristológica y la tercera en el área eclesiológica. En el aspecto antropológico nos hemos preguntado: ¿Qué tipo de hombre queremos formar? En el aspecto cristológico ¿qué Cristo queremos anunciar? Y en el aspecto eclesiológico ¿qué Iglesia queremos construir? Hemos, en este proceso de reflexión meditado siempre a la luz del Divino Espíritu, de este fuego abrazador, y respondido:

¿Qué hombre queremos formar no inmediatamente sino en un lapso de diez años? Un hombre, una mujer que tenga a Cristo por centro de su vida, que sea cristo-céntrico, que los mandatos del Señor guíen su ser, un hombre místico, que es aquel capaz de la contemplación, contemplar la naturaleza, contemplar al otro, contemplar a Dios, contemplar la naturaleza y ver en ella la creación, contemplar al otro y verlo como un hermano al que hay que amar y no como enemigo al que hay que eliminar, por eso el místico, el contemplativo es el hombre y la mujer del silencio, capaz de reflexionar y tener una conciencia crítica de los acontecimientos, de la realidad y de los sucesos históricos.

Pienso que los nicaragüenses hemos madurado cada vez más la conciencia crítica, no el criticismo, sino la conciencia crítica que es la capacidad de hacer pasar por esa reflexión todo lo que sucede, ese es el místico del que hablamos y queremos formar en nuestra Iglesia particular. El hombre, la mujer del discernimiento que a la luz del Divino Espíritu es lúcido, yo comparo el discernimiento a la lucidez Ignaciana, porque San Ignacio dice que el lúcido es aquel que está consciente de la realidad que vive, es aquel que descubre lo auténtico de lo no auténtico, la realidad de la mentira, la verdad de la máscara, el que descubre el fondo y la raíz, ese es el lúcido, un hombre y una mujer comprometido con la realidad, que se sienta constructor de la historia, de nuestra historia, un hombre, una mujer que se sabe constructor de la historia, que no deja que sea un pequeño grupo el que tome las grandes decisiones de la sociedad, este hombre y mujer es el que no permite que lo traten diríamos en buen nicaragüense como chunche viejo, como objeto de la historia. El objeto es manipulado, mientras que el sujeto es protagonista de la historia, quien tiene una palabra que dar, una idea que aportar.

El que es constructor de la historia se siente corresponsable de lo que sucede, precisamente porque no permite que otros decidan por él, pues él toma su decisión primera y final, por eso con la dignidad humana que tenemos en la historia podemos afirmar que Dios y nosotros somos los que siempre tenemos la última palabra. Cuando digo Dios y nosotros estoy refiriéndome al pueblo, para Dios el pueblo no es un objeto, para Dios el pueblo es el sujeto de la historia. Nunca Dios nos ha tratado como un objeto, como un traste, como un chunche viejo, nunca Dios nos ha manipulado, entonces nosotros que somos pueblo de Dios debemos apropiarnos como herederos de su pueblo, de esta dignidad humana que él nos ha dado.

¿Qué Cristo queremos anunciar? Un Cristo de Dios y hombre verdadero. Me gustó la expresión de un apóstol de la palabra que en la segunda “Asamblea Diocesana de Movimientos Eclesiales” que hicimos la semana pasada dijo que tenemos que anunciar a Cristo en el océano de la divinidad y que se identifica con su pueblo. Cristo Jesús se identifica con su pueblo, él se identifica con nosotros porque es hombre verdadero, conoce las angustias y esperanza de su pueblo, Cristo vibra con el dolor y alegrías de su pueblo, Cristo es pueblo y a este Cristo que navega en el océano de su divinidad y que es pueblo es al que queremos anunciar.

¿Cómo divorciar a Cristo de la historia? Eso sería hasta una herejía porque desde el día en que Dios se hizo hombre no se puede hablar del cielo sin hablar de la tierra, desde ese día todo lo que tiene que ver con Dios tiene que con el hombre, desde ese día Dios tiene una palabra cuando se refiere al hombre. Por eso se entiende lo que San Juan Pablo ll dijo: “El primer camino que debe recorrer la Iglesia es el hombre”, porque Dios es pueblo, porque ha enaltecido al hombre y lo ha elevado a su dignidad, por eso la Iglesia siempre tendrá que decir una palabra ahí donde hay y tenga que ver un ser humano.

No podemos divorciarnos de la historia, porque ahí en el misterio de la encarnación Dios se hizo igual a nosotros menos en el pecado, y la Iglesia tendrá que decir una palabra para iluminar las realidades sociales, políticas y económicas, porque son realidades sociales que nos toca vivir a todos, este es el Cristo que queremos anunciar.

¿Qué Iglesia queremos construir? Una Iglesia de puertas abiertas donde alcancemos todos los humanos e hijos de Dios, una Iglesia de comunión y participación donde todos tengamos una palabra que dar, una Iglesia donde el laicado se sienta corresponsable, es decir responsables junto a nosotros, una Iglesia donde todos nos sentamos a compartir la misma mesa, el mismo banquete de la participación, del sacrificio, de la palabra. Una Iglesia profética que anuncie la esperanza con ojos abiertos, que es precisamente la de la persona con consciencia crítica, tomadores de decisiones, responsable de la historia porque siempre esperamos los cielos nuevas y la tierra nueva, pues esos cielos que nos esperan como dice el Apocalipsis se construyen desde ahora, juntos tenemos que hacerlo hermanos.

Por eso es una esperanza de ojos abiertos, quien pierde la esperanza no sólo ha dejado de mirar a Cristo sino que pierde el esperar en un futuro mejor, porque no es de fuera que vendrán las soluciones, somos nosotros que debemos de buscar esos cielos nuevos y tierra nueva, por eso el que pierde la esperanza dejó de creer en el poder de su decisión, dejó de creer en la capacidad de lo que tiene que dar, y nos preguntamos: ¿Qué aporte estoy dando para una nueva sociedad? Por eso no podemos perder la esperanza, que es perder las energías, la propia fortaleza, por eso es importante ver primero al Señor y viéndolo a él nos tenemos que ver nosotros.

Esa es la Iglesia que queremos ser con esperanza, profética, que denuncie las injusticias, porque si la Iglesia se calla ante las injusticias las piedras hablarán, donde hay un ser humano ahí tiene que estar la Iglesia, una Iglesia que ha sido alimentada por la sangre de los mártires, de hombres y mujeres capaces a dar su vida por su fe. Una Iglesia en diálogo queremos ser, en diálogo con todos, ya entramos en diálogo con el pueblo evangélico, pensaba que entramos en una comunión espiritual y afectiva, espiritual porque oramos unos con otros y afectiva porque nos queremos; en diálogo con los agnóstico, con los escépticos, con los no creyentes, con los de izquierda y con los de derecha, con los de arriba y con los de abajo, en diálogo con los pudientes que son pocos y con los pobres que son la mayoría, una Iglesia en diálogo sin miedo con el mundo horizontal, una Iglesia en diálogo con las corrientes de género con las que pensábamos que era imposible encontrarnos y ahora es una realidad que logramos platicar, conversar y dialogar en medio de las diferencias que tenemos, y es precisamente hermanos que se dialoga porque hay diferencias y por eso las diferencias terminan siendo una riqueza, factor de cambios, factor de un cambio.

Esa es la Iglesia que queremos construir en nuestra Diócesis, que el Señor nos ayude y siga ayudándonos en el proceso de reforma, en las instituciones, en nuestros métodos, hasta en la manera de expresarnos porque la reforma es un cambio de raíz y el Divino Espíritu con su fuego abrasador nos ha quitado el miedo a cambiar, el que no quiere cambiar, el que no quiere reformar es porque tiene miedo, y el que no está dispuesto a cambiar y reformar es porque tiene miedo a perder el control, el que no tiene miedo a cambiar, está dispuesto a ceder, a retroceder en los errores y cambiar, mejorar. El Divino Espíritu, hermanos, nos ayude a los nicaragüenses a no tener miedo nunca al cambio.

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