Diócesis de Matagalpa

Reflexiones de monseñor Alvarez la semana:

“No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”, concluye el Evangelio proclamado el XXVII Domingo del tiempo ordinario, y el papa Benedicto XVI comentando este texto reflexiona en tres conceptos que por su puesto se hacen para nosotros una exigencia de vida: Ser deudores de Dios, no tener méritos ante el Señor y no esperar ninguna recompensa humana.

El servidor sabe que siempre es deudor de Dios, siempre está en deuda con el Señor, nunca bastará ni si quiera nuestra vida para pagarle al Señor todo el bien que nos ha hecho, “¿Cómo te pagaré oh Señor todo el bien que me has hecho?”, no tenemos ni si quiera con nuestra propia vida como pagarle tantos beneficios, dones, gracias, bendiciones que hemos recibido y que seguiremos recibiendo departe del Señor.

Pero también nosotros no tenemos ningún mérito para que el Señor haya puesto su mirada en nosotros, en nuestros ojos, en nuestra mirada, no tenemos ningún mérito para haber sido llamados a la vida, a la fe cristiana, a la felicidad, a la santidad, cada uno desde el estado de vida que tiene, no hay méritos de nuestra parte, no los tenemos, es pura gratuidad del Señor lo que somos y lo que tenemos, nuestra vida, lo que ella contiene y significa, por eso nuestra vida debe ser un signo permanente de agradecimiento al Señor, un canto de acción de gracias por amor eterno y gratuito al Señor sin merecerlo, y finalmente no esperamos ninguna recompensa humana, más bien recordamos que cuando el siervo vive de esta forma, el mismo Señor quiso por ese amor eterno y gratuito que nos tiene prometernos que él se levantará de la mesa y nos servirá, no esperamos recompensa humana.

Pedimos al Señor que al final de la vida cuando seamos juzgados por el amor, como dice San Juan de la Cruz, podamos llevar nuestras manos no vacías sino llenas de sencillez con las obras que el mismo Señor nos ha encomendado, y así decir: “Señor no somos más siervos que sólo hemos hecho lo que me pediste a hacer según tu voluntad, un talento me diste uno más te entrego, tres talentos me distes y tres más te entrego, cinco talentos me diste y cinco más te entrego”.

El sacerdote, el hombre de Dios, el consagrado, sirve sin esperar nada a cambio, sirve a Dios en el pueblo de Dios, el sacerdote, el consagrado vive para servirle a Dios en el pueblo que Dios se le ha confiado, al pueblo que Dios va salvando cada día con su amor, el sacerdote, el hombre de Dios consagrado no espera ninguna recompensa, no debe albergar en su corazón ninguna ambición, para nosotros el sacerdocio no debe ser visto como una carrera, como una profesión donde hay que escalar puestos, cargos, eso no es admitido, debemos pedirle al Señor la gracia de ir entrando en este anonadamiento, en este rebajamiento de ser servidores del Señor, porque el día que el Señor nos llama a ser sacerdotes ese día Jesús nos marca para ser servidores del pueblo de Dios a quien debemos nuestra vida.

Ese día el Señor nos llamó a ser servidores de los pobres, de los marginados, de los sufrientes, ese día el Señor nos recuerda que nos llamó a ser siervos del reino de Dios, del reino del Padre y así pensar el último día de nuestra vida: “Señor no he sido más que un siervo, sólo hice lo que me pediste que hiciera, lo que me encomendaste que hiciera”, esa es nuestra vocación sacerdotal.

Finalmente como no pe

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