Diócesis de Matagalpa

Senderos de la vida consagrada

Boletín mensual de la Vida Consagrada en la Diócesis de Matagalpa No. 2 (Mayo 2015) 

Formas de la vida consagrada

La Iglesia Católica dedica este año 2015 a la vida consagrada. El Santo Padre quiere que esta vida sea conocida y celebrada. Quiere también que todos nosotros oremos más por los llamados a este tipo de vida. Pero ¿de qué realidad se trata? Alguien podría preguntarnos, por ejemplo, si ¿la vida consagrada y la vida religiosa son la misma cosa o no? En este lugar, quisiéramos responder a esta pregunta para que quede claro el significado profundo y original de estas dos palabras.

Sabemos bien que siendo católicos estamos llamados al seguimiento de Cristo. Por el bautismo hemos sido incorporados en Cristo Jesús, para ser una sola cosa con Él. O para decirlo con otras palabras, hemos sido consagrados para ser templos del Espíritu Santo, moradas de un Dios vivo y verdadero. Por esta razón, ya en virtud de nuestro bautismo todos nosotros, hombres y mujeres, ya vivimos, o deberíamos vivir, una vida consagrada a Dios. Todos deberíamos poder decir con San Pablo, “Vivo yo, pero no soy yo quien vivo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gálatas, 2, 20). Lastimosamente, muchas veces esta dignidad tan linda de todos los bautizados no se conoce ni experimenta en la vida personal de un “creyente”. No pocas veces el “creyente” vive para sí mismo olvidándose de su verdadera identidad. Nuestra identidad es CRISTO.

Dios llama por eso a personas que por una invitación especial de Dios, bajo una inspiración del Espíritu Santo, “se proponen seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y procurar que toda su vida esté al servicio del Reino. Esto es lo que se llama en la Iglesia católica, la vida consagrada” (German Sánches Griese).

Esta vida asume diversidad de formas. Podríamos agrupar sus formas en las siguientes divisiones: Vida Eremítica, Vírgenes Consagradas, Vida Religiosa, Institutos Seculares, Sociedades de Vida Apostólica. En realidad, hay personas que su consagración bautismal a Dios la viven apartados del mundo, completamente sumergidos en la silenciosa oración contemplativa, como lo son, por ejemplo, eremitas. Hay también los que viven en medio del mundo realizando su consagración total a Dios en medio de tantos ruidos de la sociedad de hoy. Se trata de personas que viven en institutos seculares o sociedades de vida apostólica. A este punto podemos darnos cuenta que lo que nosotros llamamos vida religiosa no es la única forma de la vida consagrada. Quizás es la más extendida y la más floreciente hoy día.  P. Gregorio Wierzba, CFR

El increíble poder de la oración por las vocaciones

 El pequeño pueblo de Lu en el Norte de Italia, una localidad que cuenta con pocos miles de habitantes, se encuentra en una región rural a 90 km. al este de Turín. Este pequeño pueblo hubiera quedado desconocido si en 1881 algunas madres de familia no hubieran tomado una decisión que tuvo ‘grandes repercusiones’.

Muchas de estas madres tenían en el corazón el deseo de ver a uno de sus hijos ordenarse sacerdote o una de sus hijas comprometerse totalmente al servicio del Señor. Comenzaron pues a reunirse todos los martes para la adoración del Santísimo Sacramento, bajo la guía de su párroco, Monseñor Alessandro Canora, y a rezar por las vocaciones. Todos los primeros domingos del mes recibían la comunión con esta intención. Después de la Misa, todas las madres rezaban juntas para pedir vocaciones sacerdotales.

Gracias a la oración llena de confianza de estas madres y a la apertura de corazón de estos padres, las familias vivían en un clima de paz, serenidad y devoción alegre, que permitió a sus hijos discernir con mayor facilidad su llamada.

Cuando el Señor dijo: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos” (Mt 22,14) hay que comprenderlo de este modo: muchos serán llamados, pero poco responderán. Nadie hubiera pensado que el Señor atendería tan abundantemente la oración de estas madres. De este pequeño pueblo surgieron 323 vocaciones a la vida consagrada (¡trescientas veintitrés!): 152 sacerdotes (y religiosos) y 171 religiosas miembros de 41 congregaciones. En algunas familias había hasta tres o cuatro vocaciones. El ejemplo más conocido es la familia Rinaldi. El Señor llamó a siete hijos de esta familia. Dos hijas se consagraron como religiosas salesianas y enviadas a Santo Domingo, fueron valientes pioneras y misioneras.

Entre los varones, cinco fueron sacerdotes salesianos. El más conocido de los cinco hermanos, Filippo Rinaldi, fue el tercer sucesor de don Bosco, beatificado por Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. […] A Filippo le gustaba mucho recordar la fe de las familias de Lu: “Una fe que hacía decir a nuestros padres: el Señor nos donó hijos y si Él los llama, nosotros ciertamente no podemos decir que no!”.

[…] Cada 10 años, todos los sacerdotes y las religiosas que todavía estaban vivos, se reunían en su pueblo de origen llegando desde todo el mundo. Padre Mario Meda, que fue por muchos años párroco de Lu, dice cómo este encuentro era en realidad una verdadera fiesta, una fiesta de agradecimiento a Dios por haber hecho grandes cosas en Lu.

La oración que las madres de familia recitaban en Lu era breve, simple y profunda:

“¡Señor, haz que uno de mis hijos llegue a ser sacerdote! Yo misma quiero vivir como buena cristiana y quiero conducir a mis hijos hacia el bien para obtener la gracia de poder ofrecerte, Señor, un sacerdote santo. Amén”.

[Fuente: Congregatio Pro Clericis (2007), Adoración eucarística para la santificación de los sacerdotes y la maternidad espiritual]

Mi nombre es Hermana Yovania Esther Balmaceda Ruiz. Provengo de una familia muy creyente y  numerosa, somos trece hermanos: siete varones y seis mujeres. Mis padres nos inculcaron valores como: respeto, unidad, amor, solidaridad, trabajo, valentía, fe, entre otros.

Gran parte de mi infancia la viví en Nueva Guinea en una comunidad llamada “Esperancita”. Este era un lugar de bellos paisajes, quebradas cristalinas y un sol resplandeciente, fuerte y bello que adornaba las montañas.

Recuerdo que todas las tardes nos juntábamos con los vecinos  para jugar y recorrer aquellas hermosas praderas. Al terminar de jugar, antes que oscureciera, Papá y Mamá nos convocaban para rezar juntos el Santo Rosario, el cual lo hacíamos con mucho amor, respeto y devoción. Igualmente nos contaban la vida de los Santos y sobre todo recuerdo con gran cariño, cómo nos hablaban de la vida de San Martín de Porres de quien mi familia es muy devota. Fue de esta manera como se iba tejiendo en mí algo muy especial que mis padres me estaban inculcando y de hecho en ello Dios me estaba preparando para algo bello que después resurgiría en una entrega de amor al Dios de la Misericordia.

Por circunstancias de la vida y sobre todo por asuntos de la guerra que asoló en los años 80, tuvimos que abandonar todo lo que teníamos (finca, casa, ganado, amistades, entre otros) para salvar la vida. Tuvimos que escoger entre vida o muerte y de hecho escogimos la “vida” aunque aquello significaba morir a las cosas que tanto le había costado a mi familia. Ciertamente hubo lágrimas, tristezas, pero todo se superó con la gracia de Dios, quien tiene sus propósitos.

Mi nuevo lugar de residencia fue: “Matagalpa”, aquí vivimos unos años, pero después de un tiempo nos trasladamos a una comunidad perteneciente a la ciudad de Sébaco. Aquí viví mi adolescencia y juventud.

Toda mi familia estaba muy comprometida en la Iglesia como: Delegados, Lectores de la Palabra, Ministro de la Eucaristía y Coro. Esto me inundaba de alegría, entrega, gratitud y amor a Dios.

Recuerdo con mucho cariño que en uno de los encuentros juveniles, tuve la oportunidad de conocer unas religiosas, lo cual me llenó de algo extraño en mi interior, pues ciertamente nunca había tenido la oportunidad de conocerlas. Esto iba desencadenando en mí un deseo ardiente de ser como ellas. Las admiraba por su entrega, alegría, disponibilidad, amor, acogida, sencillez, humildad, entre otras. Fue entonces que me pregunté: ¿por qué no ser como ellas?. Soy consciente que nunca antes había tenido esta experiencia. Fue ahí en donde afloró una vocación especial que estaba oculta, porque Dios llama a una vida de especial consagración, en diferentes momentos. Algunas jóvenes sentirán el llamado desde pequeñas y otras lo sentirán en algún momento determinado de su vida, como fue mi caso, Dios se valió del testimonio de las Hermanas.

A partir de todo esto me dije: “quisiera entrar a una Congregación, cuya misión sea el servicio a los más pobres” y SOOORPRESA, cuando ingresé a mi Congregación de “Hermanas de la Caridad de Santa Ana”, descubrí que el Carisma/misión: eran los más pobres y necesitados. De esta manera comprendí que Dios me estaba llamando a algo especial, a una entrega de amor a Él en bien de aquellos que más sufren. Desde entonces Dios me ha invitado a ser presencia de su rostro misericordioso en el mundo.

Soy consciente que el entrar a mi Congregación fue un poco difícil, pues suponía dejar padres, hermanos, amigos e incluso una relación de noviazgo. Pero el amor de Dios y su llamado me urgía a dejarlo todo por Él. He experimentado que valió la pena decirle “sí a mi Señor que lo dio todo por mí”, entonces ¿cómo no le iba a corresponder de una manera gratuita a su entrega de amor? De Él he recibido el 100% por uno. A partir de esto, mi familia se ha llenado de muchas bendiciones y hoy puedo decir parafraseando a un santo que no recuerdo su nombre: “El lugar que dejé en mi familia, lo ocupa ahora Jesús”.

Hoy puedo expresar: Soy feliz siendo religiosa y poniendo todo mi ser y hacer en servicio a los más pobres y necesitados, queriendo de esta manera no que los otros me vean a mí, sino que vean a Dios en mí, pues sólo quiero ser instrumento de su amor. “Mi alma alaba al Señor y mi espíritu se alegra en su presencia” (Magníficat).

Hermana Yovania Esther Balmaceda Ruiz. Hermanas de la Caridad de Santa Ana, presentes en los cinco continentes.

 

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