Diócesis de Matagalpa

La luz de los ojos

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!”. Esta cita que encontramos en Mateo 6, 22-23, ciertamente no la podemos comprender si no es unida al pasaje de Mateo 5, 13-16:

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

Al acercarnos a estos textos constatamos que la palabra va dirigida a quienes han descubierto su grandeza y valor como seres humanos, es decir seres inteligentes, libres y responsables. Inteligentes para conocer para qué sirven las cosas, el significado de los acontecimientos, de los signos de los tiempos. Responsables para querer o no querer, para optar o no optar. Libres para decidir sí o no, para responder por los actos, y del mismo modo, abiertos a los demás, abiertos al otro.

Quien ha descubierto esta grandeza, ya puede saber que estos textos se dirigen a él. Pero aún hay más, se dirigen a aquéllos que han creído en Dios, y que han puesto en este Dios su ideal, su esperanza y su confianza. Se dirige a aquéllos que han aceptado la palabra de Dios revelada en Jesucristo su Hijo, nuestro Señor. Todas estas personas son sal y luz de la tierra. La sal que da sabor. La sal que pone la diferencia. La sal que plenifica, que realza el sabor, el sentido de la comida misma. Luz, la luz que ilumina. Una luz que no se pone debajo de los muebles, sino en el lugar más vistoso de la casa para que alumbre a todos.

Con cariño de pastor,

Mons. Rolando José
Obispo

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