Diócesis de Matagalpa

No perdamos el sabor, somos sal, luz y fermento de la sociedad

Un medio para mantenernos siendo sal y luz de este mundo es el sacramento de la Eucaristía. No se puede concebir el fallar en la participación eucarística los domingos. El domingo es el día del Señor. Es el día en que Cristo recreó al universo, al mundo y al hombre. Es el día en que Cristo nos salvó y redimió. El nuevo día. El sábado le dio paso al domingo, porque si el sábado cesó Dios en su obra creadora, el domingo la recreó en Jesucristo el Salvador, el Redentor, el Libertador.

No celebrar la Eucaristía es como gritarle al mundo y a Dios: ‘Yo no necesito de salvación’. Celebrar la Eucaristía el domingo es como gritarle al mundo, a Dios y nosotros mismos, que estamos festejando el gozo de nuestra redención. Y está claro para quien tiene conciencia cierta de ser sal, luz y fermento en la sociedad.

Otro medio de perseverancia es la dirección espiritual. La dirección espiritual es el depositarse en las manos de Dios a través de una persona más crecida y formada que yo, en los aspectos humano, espiritual, doctrinal y cristiano. Para que ella, siendo dócil al Espíritu Santo, pueda ayudarme y orientarme en el descubrimiento de la voluntad de Dios para mi vida, porque en la voluntad del Padre está mi felicidad.
No se trata de que el director espiritual me diga lo que tengo que hacer, sino que me dará las pautas, me orientará los puntos cardinales, me sugerirá en nombre de Dios. Y yo debo digerir, procesar y discernir para concluir con él aquello que creo es la voluntad del Padre en mi vida. 
El director espiritual es el amigo del corazón. La persona con quien se comparte la vida.

Hermanos: Sigamos siendo sal, luz y fermento de la tierra. La mucha sal se vuelve repudiable. La luz para que ilumine tiene que morir a sí misma, como una candela que al dar luz va derritiéndose. Que nuestra vida sea así, dar vida, ser luz, ir muriendo a nosotros mismos, negándonos a nuestros caprichos e intereses mezquinos, para que la palabra de Dios y la imagen de Jesucristo resplandezca con poder y con gloria en este mundo.

Con cariño de pastor,

Mons. Rolando José
Obispo

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