Diócesis de Matagalpa

¿Por qué casarse es una vocación?

En los últimos meses antes de casarnos, ésa frase se convirtió en el tema rompehielo con el cual la mayoría de personas se acercaban a mí, seguido de una “conversación seria” aludiendo a mi juventud, y al porque el matrimonio era  un proyecto muy arriesgado. Tengo varios conocidos que conviven con sus parejas, y cuando supieron de nuestro compromiso no se hicieron esperar para tratar de disuadirme.

Antes de tener la cita con el sacerdote, para recibir el aval de la Iglesia que nos permitiría celebrar el sacramento, llego a mí un vídeo de una vlogger que hablaba sobre como “el romance había muerto”, los compromisos eran cosa del pasado, y las parejas ya no creían en el matrimonio. Por lo cual aconsejaba simplemente mudarse con la pareja antes de dar el “salto definitivo” y si las cosas marchaban mal “Arrivederci”, cada quién por su lado, fin del tema.

Si sientes que Dios te llama a formar una familia, el matrimonio es para lo que fuiste creado(a). 

Sin embargo, muchos de nosotros pareciera que nos entrenamos para los divorcios exprés, es decir,  estar con alguien hasta que ése alguien ya no me haga feliz, y se nos olvida que el matrimonio no se trata de nosotros mismos, al entrar con ésa mentalidad, comenzamos con una actitud completamente egoísta, por una simple razón: no te casas para que te hagan feliz, te casas para propiciar que él otro sea feliz y día a día se encuentre con la fuente de ésa felicidad: Cristo (aclaro que nadie puede dar lo que no tiene, y por lo tanto, si tú mismo no has descubierto esa fuente de la felicidad, será muy difícil que puedas compartirla con la persona que amas). Por lo tanto, el matrimonio no se trata de dar sólo el 5%, 10%, 15%, o decirle al otro, “te doy el 90% de mí corazón, puedes tener mi presencia contigo por un tiempo, pero no puedo entregarte todo mi ser”.

Eso no es amor. Y lo sabemos.

Hay una verdad dentro de cada uno de nosotros que anhela el amar y ser amados de ésa manera: completamente, sin reserva alguna y para siempre, ya sea a través de la vocación matrimonial o bien en la vida religiosa u ordenación sacerdotal. Hay una gracia sacramental cuando nuestro amor es libre, total, fiel y fecundo, y nos llena porque precisamente fuimos creados para amar así. Innumerables canciones, películas y artistas musicales cantan éste amor, el amor que da la vida. Y ésa precisamente es la paradoja del amor humano: tenemos que perdernos para encontrarnos. “Quién pierde su vida por mí, me encontrará, no tengas miedo, yo conozco a quienes elegí”

“Para que el amor sea verdadero, nos debe costar. nos debe doler. nos debe vaciar de nosotros mismos”

Testimonio de Emma y Didier

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