Diócesis de Matagalpa

Boletín mensual de la Vida Consagrada en la Diócesis de Matagalpa No. 8 (Noviembre 2015)

El año 2015 está dedicado a la Vida Consagrada. En Nicaragua lo vivimos también como un año vocacional. En este tiempo de gracia queremos recordar y subrayar el papel insustituible que juega la familia en la formación de los futuros sacerdotes y de las personas consagradas. !Qué la presente historia de Eliza Vaughan nos ayude a cuidar con amor nuestros hogares para que sean escuelas donde se aprende a amar, a servir a Dios y a los hermanos!

 La historia de Eliza Vaughan 

“Es una verdad evangélica que las vocaciones sacerdotales tienen que ser pedidas con la oración. Jesús lo subraya en el Evangelio cuando dice: “¡La mies es abundante, pero los obreros son pocos! ¡Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros!” (Mt 9,37-38). Nos ofrece al respecto un ejemplo particularmente significativo, la inglesa Eliza Vaughan, madre de familia y mujer dotada de espíritu sacerdotal, que rezó mucho por las vocaciones.

Eliza provenía de una familia protestante, la de los Rolls, que fundó sucesivamente la famosa industria automovilística Rolls-Royce, pero desde joven, durante su permanencia y educación en Francia, quedó muy impresionada por el ejemplar compromiso de la Iglesia católica con los pobres.  En el verano del 1830, después de su matrimonio con el coronel John Francis Vaughan, Eliza, a pesar de la fuerte resistencia por parte de sus parientes, se convirtió al catolicismo. Había tomado esta decisión con convicción y no sólo porque había entrado a formar parte de una conocida familia inglesa de tradición católica. Los antepasados Vaughan, durante la persecución de los católicos ingleses bajo el reino de Isabel I (1558-1603), habían aceptado la expropiación de los bienes y la cárcel en lugar de renunciar a su fe.  Courtfield, la residencia originaria de la familia del esposo, durante las décadas del terror, se volvió un centro de refugio para sacerdotes perseguidos, un lugar donde en secreto se celebraba la Santa Misa. Desde entonces pasaron casi tres siglos, pero nada cambió en el espíritu católico de la familia.

Demos nuestros hijos a Dios
Convertida en lo profundo del corazón, llena de celo, Eliza propuso al marido dar sus hijos a Dios. Esta mujer de elevadas virtudes rezaba cada día durante una hora delante del Santísimo Sacramento en la capilla de la residencia de Courtfield, pidiéndole a Dios una familia numerosa y muchas vocaciones religiosas entre sus hijos. ¡Fue atendida! Tuvo 14 hijos y murió poco después del nacimiento del último hijo en 1853. De los 13 hijos que vivieron, entre los cuales ocho varones, seis se ordenaron sacerdotes: dos en órdenes religiosas, un sacerdote diocesano, uno obispo, un arzobispo y un cardenal. De las cinco hijas, cuatro fueron consagradas religiosas. ¡Qué bendición para la familia y cuáles efectos para toda Inglaterra! Todos los hijos de la familia Vaughan tuvieron una infancia feliz, porque en la educación su santa madre poseía la capacidad de unir de manera natural la vida espiritual y las obligaciones religiosas con las diversiones y la alegría. Por voluntad de la madre, formaban parte de la vida cotidiana la oración y la Santa Misa en la capilla doméstica, como también la música, el deporte, el teatro no profesional, la equitación y los juegos. Los hijos no se aburrían cuando la madre les contaba la vida de los santos, que lentamente se volvieron para ellos íntimos amigos. Eliza se hacía también acompañar por los hijos durante las visitas a los vecinos enfermos y a los que sufrían, para que pudieran en estas ocasiones aprender a ser generosos, a realizar sacrificios, a donar a los pobres sus ahorros o los juguetes. Ella murió poco después del nacimiento del decimocuarto hijo, John. Dos meses después de su muerte, el coronel Vaughan, convencido que ella había sido un don de la Providencia, escribió en una carta: “Hoy, durante la adoración, agradecí al Señor, porque pude devolverle mi amada esposa. Le abrí mi corazón con gratitud por haberme donado Eliza como modelo y guía; a ella me une todavía un vínculo espiritual inseparable. ¡Qué consuelo maravilloso y cuánta gracia me transmite! Todavía la veo como siempre la vi delante de Santísimo, con su pura y humana gentileza, que le iluminaba el rostro durante la oración”.

Obreros en la viña del Señor
Las numerosas vocaciones en el matrimonio Vaughan son realmente una insólita herencia en la historia de Gran Bretaña y una bendición que provenía sobre todo de la madre Eliza. Cuando Herbert, el hijo mayor, a dieciséis años anunció a sus padres de quería ser sacerdote, las reacciones fueron diferentes. La madre, que había rezado mucho por esto, sonrió y dijo: “Hijo mío, lo sabía desde hace tiempo”. El padre en cambio necesitó un poco de tiempo para aceptar el anuncio, porque justamente sobre el hijo mayor, el heredero de la casa, había repuesto muchas esperanzas y había pensado para él una brillante carrera militar. ¿Cómo hubiera podido imaginar que Herbert un día habría llegado a ser arzobispo de Westminster, fundador de los Misioneros de Millhill y luego cardenal? Pero también el padre se convenció pronto y escribió a un amigo: “Si Dios quiere a Herbert para sí, puede tener también a todos los otros”. Pero Reginaldo se casó, como también Francis Baynham, que heredó la propiedad de familia. Dios llamó también a otros nueve hijos de los Vaughan. Roger, el segundo, fue nombrado prior de los Benedictinos y más tarde el muy querido arzobispo de Sydney, en Australia, donde hizo construir la catedral. Kenelm se consagró como cisterciense y más tarde sacerdote diocesano. Giuseppe, el cuarto hijo de los Vaughan, fue benedictino como su hermano Roger y fundador de una nueva abadía. Bernardo, quizás el más vivaz de todos, que amaba mucho la danza y el deporte y que tomaba parte en todas las diversiones, se hizo jesuita. Se dice que el día anterior a su ingreso en la orden, participó en un baile y le dijo a su pareja: “Esto que hago con usted es mi último baile porque me convertiré en jesuita!”. Sorprendida, la joven exclamó: “¡Pero por favor! Justo usted que ama tanto el mundo y baila maravillosamente quiere convertirse en jesuita?”. La respuesta, si bien interpretable de varios modos, es muy bonita: “Justamente por esto me entrego a Dios!”. John, el más joven, fue ordenado sacerdote por el hermano Herbert y más tarde fue obispo de Salford en Inglaterra. De las cinco hijas de la familia, cuatro se consagraron religiosas. Gladis entró en la orden de la Visitación, Teresa fue religiosa de la Misericordia, Claire religiosa clarisa y Mary priora de las Agustinas. También Margareta, la quinta hija de los Vaughan, hubiera querido ser una religiosa, pero no le fue posible por la frágil salud. Sin embargo ella vivió en casa como consagrada y transcurrió los últimos años de su vida en un monasterio.

Fuente: Congregatio Pro Clericis (2007), Adoración eucarística para la santificación de los sacerdotes y la maternidad espiritual]

                                                 

 

“Imitar a Cristo Casto, Pobre y Obediente e identificarse con El: ha aquí el ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y en la historia de los hombres.”

En este año en que la Iglesia celebra el año de la vida consagrada y recordando a Jesús como el supremo consagrado ejemplo de todos los que siguen su estilo de vida, doy gracias a Dios por el don de mi vida y vocación como hermana josefina, por las gracias, fuerzas, salud, dones, talentos y experiencias vividas con mis hermanas de Comunidad que Dios Padre me ha regalado, a pesar de la diversidad de edad no es obstáculo para mí el compartir a diario con ellas; considero que la providencia de Dios manifiesta su poder cuando uno comparte con los demás todo el amor que hay en el corazón y lo pone al servicio del más necesitado. La experiencia en el seguimiento de Cristo como consagrada a través de la profesión de los de los consejos evangélicos y en la vivencia de ellos durante este pequeño tiempo ha significado en mi vida:

Castidad: Un don de Dios, en el cual me muestra el gran valor del amor y misericordia, por medio del cual en mi vida diaria manifiesto mi cariño a todos sin tener particularidad, evitando que mi corazón se divida y me aleje de aquel que me llamó para estar con él; según lo que Jesús pide en el Evangelio es que se ponga en práctica con los más cercanos, comenzando con los que están en casa y que en mi tiene su origen desde lo que aprendí en el seno de mi familia. De los consejos, ejemplos de parte de mis queridos padres, sé que toda la vida es una continua formación y que el tesoro más grande que existe es el mandamiento que siempre es nuevo “amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”

Pobreza: en mi formación y durante este tiempo he aprendido que debo trabajar en seguir el ejemplo de Cristo que no encontró lugar donde nacer, que se despojó de su condición divina y que durante su vida pública no tenía donde reclinar su cabeza; reconozco que dependo totalmente de la providencia de Dios por medio de la caridad de otros para poder vivir con lo que necesito en la vida diaria y renunciando en poseer recursos materiales, es decir lo necesario.

Obediencia: por medio de este voto he comprendido que para agradar a Dios y asemejarme a Jesús mi esposo, la obediencia que debo manifestar es con plena conciencia, sin ataduras, libre, alegre para que pueda someter mi voluntad respondiendo con prontitud en lo que se me encomiende y lograr ser un instrumento dentro de la Iglesia que luche y defienda el valor de la vida. La autoridad en este caso que es la Superiora representa a Dios en la tierra y que hará de mí una mejor persona, si me dejo acompañar por ella. He comprendido que al optar por este estado de vida no pierdo mi libertad, sino que logro una mayor madurez en mis decisiones y llevo a la plenitud esa misma libertad que Dios me dio desde el día en que me creó. A lo largo del proceso  he ido identificándome en el carisma propio de mi Congregación y valoro mi consagración. Me siento muy alegre y reconozco que este llamado es un don especial de Jesús a quien debo agradar en cada momento. Sé que sin la gracia de Dios vivo en la oscuridad y no podría aceptar su voluntad en los acontecimientos que se me presenten en mi caminar.

La frecuencia de los sacramentos, los actos de piedad y la oración me dan fuerzas para acrecentar mi amor a mi vocación y expresar mi libertad. Sintiéndome feliz en la misión encomendada en el colegio con los niños, impartiéndoles clase de educación en la fe, sigo las huellas de san José y la Virgen María que educaron a Jesús en Nazaret. (Sor María Auxiliadora Gallegos, hj)

***

Gracias, oh Dios, por la gracia de la vocación

A Tu servicio exclusivo

Dándome la posibilidad de amarte únicamente a Ti

Es un gran honor para mi alma (Santa Faustina Kowalska)

 Hermanas Franciscanas de la Encarnación (Hna. Yorleni del Rosario Tercero Castro: 2772-1880); Hermanas de la Caridad de Santa Ana (Hna. Yovania Esther Balmaceda Ruíz: 2776-4050); Hermanas Misioneras de la Caridad y la Providencia (Hna. Keyda Lidanys Palacios Ruda: 2772-2225); Hermanas Josefinas, (Sor Aydalina del Socorro Castillo Poveda: 2772-3256, ext. 8; 8544 5101); Hermanas Franciscanas Alcantarinas (Hna. Rosa Palacios: 2775-2212); Hermanas de Notre Dame de Namur (Hna. Rebeca Trujillo: 2772-2391); Hermanas Altagracianas (Hna. Isabel Vásquez: 2778-0037); Hermanas Clarisas (Hna. Clara Magdalena García: 2776-4056); Instituto de las Hermanas Misioneras Serviam (Hna. Judith María: 2778-1461); Instituto de los Hermanos Serviam (P. Raúl Francisco: 8660-8900); Frailes Menores (OFM) (Fray Valero Valenzuela: 5501 0735) Frailes Franciscanos de la Renovación (P. Gregorio Wierzba: 2772 2757).

 

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