¡Hermanas y hermanos de esta querida familia diocesana!

Cuando, Dios mediante, el próximo 2 de Diciembre celebremos la Santa Eucaristía de acción de gracias por los 100 años de vida de nuestra Diócesis, haremos nuestras las palabras de Nuestra Señora en el Magníficat, pues “de generación en generación el Señor ha realizado obras grandes” (Lc 1, 46-55), alentando entre nosotros “la actividad de la fe, el esfuerzo del amor y la tenacidad de la esperanza” (1Tes 1,2): tanto en los creyentes que nos han precedido como en los que, también ahora, poniendo en Dios nuestra esperanza firme, tratamos de colaborar con Él para la venida de su Reino.

Este sentimiento de gratitud dirigido a nuestro Dios, es el que me motiva a ofrecerles esta Carta pastoral, que quiere ser como un broche de oro de las celebraciones conmemorativas de la creación de la diócesis de Granada. Y aquí quiero manifestar mi agradecimiento sincero a todos los fieles de la diócesis (laicos, religiosos, diáconos y sacerdotes) porque con su misma existencia creyente y con diversas formas de colaboración siguen haciendo posible que, entre nosotros, se manifieste el misterio de la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica.

 La celebración de los primeros 100 años de nuestra diócesis de Granada, debe ser un momento de reflexión, de conversión, de justicia histórica y de un renovado compromiso por testimoniar con gozo y valentía el evangelio de Jesús, pues somos una sociedad con criterios, elementos de juicio y sensibilidad moral, marcados por las enseñanzas del evangelio.

 Lo constatamos y lo celebramos con alegría en el crecimiento de todas las vocaciones cristianas y el compromiso de tantos laicos, delegados de la palabra, catequistas y diversos ministerios pastorales que muestran una iglesia viva y misionera.

 Como señalé en mi carta pastoral sobre el año de la eucaristía 2012, que como parte del trienio de preparación al primer centenario de la erección de la provincia eclesiástica nicaragüense nos correspondió celebrar en nuestra diócesis,  “somos invitados a profundizar con intensidad en el misterio eucarístico1, ya que todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen y a vivir en toda su riqueza la centralidad de este sacramento”2. Procuremos pues, que este centenario no sea únicamente una efeméride de calendario, sino una ocasión para renovar la vocación cristiana, la comunión  eclesial y la misión evangelizadora del Pueblo de Dios en esta diócesis. De hecho, los actos de conmemoración encontrarán a la diócesis en plena puesta en práctica del Plan diocesano de Pastoral, por lo que serán motivo para avanzar en la renovación de la vida diocesana.  Así se cumplirán  varios objetivos: conmemorar  y reavivar las raíces y la identidad cristiana de la Iglesia de Granada, y tratar de abrir caminos nuevos para el servicio del Evangelio en el mundo de hoy.

Con esta Carta pastoral quiero ofrecerles unas pautas de reflexión para el impulso de nuestra conciencia eclesial, desde una triple mirada: la primera, dirigida a nuestro “pasado”, destacando algunos rasgos de la historia de nuestra diócesis; luego, mirando hacia “dentro” de ella, resaltando los elementos constitutivos de una diócesis que hacen de ella la presencia viva de la Iglesia de Dios en un lugar determinado”; y, en tercer lugar, mirando “hacia adelante”, reiteraré algunas prioridades pastorales a las que habría que atender, vistos los desafíos que se abren a la misión de nuestra diócesis en el “hoy de Dios”, en la Iglesia y en la sociedad.

 1. Una mirada breve a la historia de nuestra Diócesis.

 1.1 Antecedentes

 La antigua Diócesis de Nicaragua, con sede en León, fue erigida por el Papa Clemente VII el 26 de febrero de 1531. Al morir el Papa Clemente, fue confirmada por su sucesor Paulo III, con la bula “Equum reputamus”, el 12 de noviembre de 1534. De 1534 a 1604, fue sufragánea de Sevilla, España; luego 1604 a 1743 de Lima, Perú; y de 1743 a 1913 de la Arquidiócesis de Guatemala.

 El Territorio diocesano comprendía toda Nicaragua y Costa Rica hasta que el 1850 se crea al obispado de San José.

 El día 2 de diciembre de 1913, el Papa Pío X, promulga la bula “Quam iuxta apostolicum effatum” (“Están obligados los obispos, por mandato apostólico a cuidar de su grey”), con la cual se erige la nueva provincia eclesiástica managüense, en América Central, separándola  de la sufraganía de Guatemala.

 Al desmembrar la antigua Diócesis de Nicaragua, se crea el Arzobispado de Managua, y las Diócesis de León, Granada y el Vicariato Apostólico de Bluefields.

 En la bula, el Papa afirma que “es tal la situación de la Diócesis de Nicaragua en la América Central que, no es sino con grandísima dificultad que puede el obispo hacer la visita pastoral, conocerla en su totalidad y gobernarla por sí misma…”; prosigue, “la otra nueva Diócesis de Granada, constará de 4 provincias civiles: Granada, Rivas, Chontales y San Juan del Norte…… Constituimos en perpetua, la sede y catedral de la Diócesis, en la ciudad de Granada, dedicada a la Santísima Virgen María sin pecado concebida”.

 Hay que remarcar la motivación puramente pastoral a la hora de erigir la nueva provincia eclesiástica, y descartar suspicacias de origen politiquero, pues desgraciadamente nuestro país ha venido atávicamente arrastrando pugnas políticas, partidismos y  localismos sin sentido, que han frenado el desarrollo y la convivencia plena en nuestra comunidad nacional.   

 Al momento de crearse la Diócesis, se contaba con 13 sacerdotes: 8 en Granada, 2 en Boaco y 3 en Rivas.

 1.2 Obispos de la Diócesis

El primer obispo de nuestra diócesis fue el Pbro. Dr. José Cándido Piñol y Batres, quien nació en la ciudad de Guatemala el 2 de Febrero de 1878; ordenado Presbítero el 2 de Marzo de 1901; consagrado en la catedral de San José por Mons. Juan Cagliero, primer delegado pontificio en Nicaragua y Costa Rica el 22 de Marzo de 1914. Tomó posesión el 24 de abril de ese mismo año, habiendo recibido una catedral en construcción, y sin contar con una casa propia como obispo. El obispo Piñol no estuvo ni 6 meses en su sede, renunció a ella, y por medio del acuerdo Nº 7 del 2 de octubre de 1914, hace saber al clero y fieles, que impedido de atender los asuntos del gobierno eclesiástico decide nombrar al Pbro. Dr. Rafael Otón Castro Jiménez – quien sería después el primer Arzobispo de San José C.R. – como Vicario General con toda la jurisdicción ordinaria.3 Su renuncia fue aceptada el 10 de julio de 1915, pasando a ser obispo titular de Phaselis.

 Mons. Piñol regresó a Guatemala donde entró en conflicto con el gobierno del dictador Manuel Estrada Cabrera. Sufrió cárcel y persecución después de la cual partió para Europa donde vivió vida seglar, apartado totalmente de toda relación con eclesiásticos. “Volvió sobre sus pasos y pidió ingresar como hermano menor franciscano en un convento de Montevideo, Uruguay, donde vivió muy penitente, habiendo fallecido el 27 de Junio de 1970. Sobre su sencilla tumba se lee: «Fr. Joseph, Episcopus»”4

 Como sucesor de Mons. Piñol Batres fue nombrado el Pbro. Canuto José Reyes y Valladares, quien nació en León el 24 de Septiembre de 1873. Consagrado Obispo en la Catedral de León, el 14 de noviembre de 1915, de manos del Arzobispo de Managua Mons. José Antonio Lezcano, asistido por el Obispo de León, Mons. Simeón Pereira. Tomó posesión el 17 de noviembre de 1915, habiendo firmado ese mismo día su primera carta pastoral donde se presenta ante sus diocesanos como: “Padre sin las dotes de Padre, pastor sin las dotes de pastor. No pienso reponer a mi antecesor, el Ilmo. Sr. Piñol y Batres cuyas dotes intelectuales, ilustración y virtudes no pretendo poseer pero trataré de suavizar la pena que ha causado su perdida.”5

 Mons. Reyes asume la diócesis con gran escasez de clero, por lo que con la ayuda de fieles granadinos, los padres jesuitas y el gobierno de la época, comienza la construcción del Seminario “San José” a principios de 1920, inaugurándolo en junio de 1921. Estuvo ubicado en los predios de la antigua Ermita del Señor de Esquipulas, la cual fue arrasada por los filibusteros de Walker en Noviembre de 1856. Actualmente ese mismo lugar lo ocupa el centro escolar Carlos A. Bravo

 Veintitrés fueron los seminaristas que ingresaron al seminario en 1921. De estos solo 3 alcanzaron la ordenación sacerdotal: Francisco Romero, Fernando Villanueva y Enrique Octavio Mejía Vílchez. En su primera época, el seminario funcionó durante solo 3 años, siendo reabierto en mayo de 1936, y clausurado en octubre del mismo año, siempre por la misma razón: carencia de profesores y de fondos para el mantenimiento. 6

 Mons. Reyes organizó y celebró un magnifico congreso eucarístico que tuvo efecto del 13 al 17 de diciembre de 1939, con motivo de las bodas de plata de la creación de la diócesis. Los frutos espirituales de dicho congreso fueron copiosos, conservándose hasta hoy el himno “Jesucristo Granada te aclama…” que el pueblo de nuestra sede episcopal canta con gran fervor todos los jueves del año, y durante las grandes solemnidades eucarísticas.

 Dada la edad avanzada y las enfermedades en Mons. Reyes, la Santa Sede designa a Mons. Carlos Borge Castrillo como obispo auxiliar de Granada, el 28 de abril de 1945, siendo consagrado en la catedral de San José el 27 de mayo del mismo año, habiéndose  desempeñado como auxiliar y administrador diocesano hasta principios de 1953.

 Ante la muerte de Monseñor Reyes y Valladares, acaecida en León el 3 de Noviembre de 1951, fue designado tercer obispo de Nuestra diócesis, el Pbro. Marco Antonio García y Suarez, quien nació en Terrabona, Matagalpa, el 14 de febrero de 1899. Electo obispo por el papa Pio XII el 25 de marzo de 1953, fue consagrado en la catedral de Santiago de Managua por el nuncio apostólico Mons. Antonio Taffi el 24 de mayo de 1953, habiendo  tomado posesión el 9 de agosto de ese mismo año.

 El 21 de julio de 1962, fue desmembrado de la diócesis de Granada el territorio de los actuales departamentos de Chontales y Rio San Juan, creándose la prelatura nullius de Juigalpa, siendo su primer prelado Fray Julian Luis Barni Spotti, quien después sería administrador diocesano de Managua, obispo de Matagalpa y de León.

 Mons. García y Suarez impulsó los trabajos de construcción S.I. Catedral, organizó y dio impulso decisivo a la llamada “Acción Católica” antecesora de los actuales movimientos laicales en todo el mundo, y ordenó varios sacerdotes, de los cuales están entre nosotros, los Pbros. Francisco García, Alfonso Alvarado y, en México, Fernando Morales. 

 El obispo García y Suarez falleció en la ciudad de Managua el 12 de Julio de 1972. En su lugar fue elegido el R. P. Leovigildo López Fitoria, de la congregación de la misión de San Vicente de Paul. Nació en la ciudad de Boaco el 7 de Junio de 1927. Fue consagrado en la catedral de Granada el 7 de Octubre de 1972, por el nuncio apostólico Mons. Lorenzo Antonetti. A los pocos meses le corresponde presidir el comité de emergencia nacional por el terremoto de 1972, habiéndose destacado por su acertada gestión, no dudando en facilitar la casa episcopal como bodega y centro para atender dicha emergencia.

 Durante su episcopado se logró concluir la obra física de catedral y tomó gran impulso la obra de vocaciones, habiendo ordenado 45 sacerdotes. En la década de los años 80 habilitó parte de la casa episcopal para que funcionara en ella el primer seminario menor, y en la década de los años 90, funda junto con el hoy obispo de Juigalpa, Mons. Sócrates René Sándigo J., el seminario mayor diocesano “San Pedro” en la jurisdicción de la parroquia de Diriá.

 Mons. López Fitoria renunció canónicamente al gobierno pastoral de la diócesis, y pasa ser obispo emérito desde el 15 de diciembre de 2003.

 El quinto obispo de la diócesis es Mons. Bernardo Hombach, quien nació en Krefeld, Alemania el 12 de Septiembre de 1933. Ejerció el ministerio sacerdotal en muchos países, y fue consagrado obispo de Juigalpa el 26 de abril de 1995, siendo trasladado a Granada, tomando posesión el  7 de Febrero del 2004. Reorganizó e impulsó la Pastoral Social, creó nuevas parroquias y organizó el primer sínodo diocesano, cuyo documento,  que lleva el nombre de “Venga a nosotros tu reino” (Mt 6,10) fue promulgado oficialmente el 11 de Julio del 2009.7 

 Mons. Hombach fundó Cristo TV, canal católico de la diócesis; ordenó 21 sacerdotes, y desde el 11 de marzo del 2010 pasa a ser obispo emérito. 

 En el transcurrir de estos primeros 100 años de historia diocesana, recordamos algunas luces y sombras:

 Luces

  1. a.      Aumento de las vocaciones sacerdotales: de 12 sacerdotes en 1913, a 69 en este año de Centenario.
  2. b.      Fundación de los seminarios menor y mayor diocesanos: el seminario menor San Vicente, que empieza a funcionar durante la década de los años 70 en la casa Cural de Santiago de Boaco; posteriormente trasladado a la casa episcopal, y actualmente, con terreno y local propio, muy cerca de la ciudad de Boaco.

El seminario Mayor San Pedro Apóstol, fundado por Mons. Leovigildo López Fitoria y el entonces Pbro. Sócrates René Sándigo Jirón a principios de la década de los años 90, en terrenos donados por la familia Sandoval de Diriomo, ubicados en el municipio de Diriá, lugar de gran belleza paisajística, y adecuado por su ubicación.

  1. c.        Conclusión de la obra física de Nuestra Actual Catedral: Destruido el antiguo templo parroquial durante el incendio de Granada ordenado por William Walker el 27 de Noviembre de 1856, se construirá rápidamente, en el mismo predio, un largo caserón de una sola nave que servirá de parroquia provisional. El 8 de diciembre de 1888, el párroco, Mons. José Antonio Castillo Marenco, coloca la         primera piedra de la actual catedral.

El autor de los planos es el jesuita Nicolás Cáceres (tata Cáceres para los indígenas de Matagalpa, autor también de los planos de la parroquia de San Pedro, hoy catedral de aquella misma ciudad). El maestro Carlos Ferrey, autor de muchas bellas construcciones en Granada, interpreta dichos planos, levantando los muros hasta las primeras cornisas. Al morir Mons. Castillo, en 1890, los trabajos se suspenden, y son retomados ese mismo año por el arquitecto italiano Andrés Zappata, quien elabora un nuevo plano, adaptándolo a la parte ya                construida.

 En 1905,  el Pbro. Víctor Manuel Pérez, cura de Granada y residente en la Merced dirigía la fajina o trabajo voluntario yendo a pie con  multitud de personas hasta el cerro Posintepe, regresando con todo un desfile de carretas transportando las piedras y materiales. Se concluye el segundo cuerpo de la fachada y las dos torres, las  pilastras y los arcos de la nave central.

 En 1919 se hace cargo de los trabajos el segundo Obispo de Granada, Mons. Canuto José Reyes Balladares, y su obispo auxiliar Mons. Carlos Borge Castrillo, construye una de las    capillas dedicado a la Virgen de Guadalupe y estrenada en diciembre de 1954.

 El tercer Obispo, Marco Antonio García Suárez, hace notables avances en la obra, y, después de su muerte, en julio de 1972, el administrador diocesano, Mons. Francisco Romero Guerrero, trabaja arduamente, y junto al cuarto Obispo de Granada Mons. Leovigildo López Fitoria, logran coronar la obra cerrando la nave central y la sur.

 Durante mi actual gestión se han iniciado trabajos urgentes de restauración en todo el edificio de Catedral, habiéndose remozado el área del presbiterio, colocándose un nuevo altar, sede y ambones. Así mismo, el espacio allende a la capilla del sagrario se ha reintegrado, con fidelidad al estilo de la catedral, disponiendo ahora de un local para usos múltiples en la pastoral.

 El estilo de la catedral es ecléctico, o sea, suma de estilos arquitectónicos: columnas jónicas, ventanas ojivales, arcos románicos, etc. La nave central impone por su grandeza y espacio, y todo el templo catedralicio es luminoso, amplio y siempre limpio.

 La antigua parroquia, hoy catedral, desde 1913, al crearse nuestra diócesis de  Granada, es un caso de reconstrucción total desde fines del S. XIX, hasta la década de los años 70 del pasado S. XX y actual.

 d.      Presencia y acción de religiosos y religiosas: en tiempos coloniales, se establecieron en Granada tres órdenes religiosas: Franciscanos (1529), Mercedarios (1570), Hospitalarios de San Juan de Dios (Principios del S XVIII).

Dichas ordenes fueron expulsadas por gobiernos conservadores imbuidos de ideas liberales en 1860.

Por gestiones de una gran dama católica granadina, Elena Arellano Chamorro (*3/11/1836 - + 11/10/1911) llega en 1891 la hoy Santa Francisca Javier Cabrini, con ocho profesas, Salesas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, dedicadas a la educación, siendo expulsadas por el Gobierno de Zelaya en 1894. En 1903 Doña Elena gestiona la llegada de las Oblatas del Sagrado Corazón, encargadas del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe (Colegio Francés), de gran trayectoria educativa en Granada. Hoy, las religiosas oblatas administran la casa de retiro “El Tepeyac”  

 Los salesianos de Don Bosco: llegan a Granada en marzo de 1912, cuando ya doña Elena había fallecido. Fundan el colegio Salesiano, y su capilla es un referente de piedad mariana dentro y fuera de la ciudad.

 La compañía de Jesús: los padres Jesuitas llegan por primera vez a Granada, procedentes de Guatemala, de donde habían sido expulsados por el Gobierno de Justo Rufino Barrios en 1871. Hasta 1881 administraron a la iglesia de La Merced y, en 1916 se establecen en Granada, fundando en 1919 el célebre colegio Centroamérica del Sagrado Corazón de Jesús, el cual fue trasladado a Managua en 1967.

 La iglesia de Xalteva ha sido un referente de vida espiritual,  para toda la ciudad; hoy tenemos que lamentar el retiro de los padres Jesuitas de Granada.

 Las hijas de María Auxiliadora o Salesianas: establecidas en 1913 por gestiones de doña Elena Arellano Chamorro, han regentado desde entonces un buen colegio católico.

 Las hermanas pobres de Santa Clara (Clarisas): su llegada, en la primera mitad de la década de los años 80,  fue gestionada por Mons. Leovigildo López Fitoria, fundando el primer monasterio de Clausura en la historia de la Diócesis. Se establecieron primeramente en la antigua casa episcopal, donde hoy funciona el colegio San Pablo. Las fundadoras provenían del monasterio de Guadalupe de Zacatecas, México. En Granada florecieron muchas vocaciones, tanto así que del Monasterio “Santa María de los Ángeles”, han salido a reforzar tres conventos de la orden: dos en España y uno en Puerto Rico.

 Se trasladan en la década de los 90 a la antigua escuela “Padre Misieri”, donada por los salesianos a la Diócesis. Actualmente habitan en un nuevo monasterio situado en las cercanías de la ciudad, desde el cual con su vida de oración, trabajo y penitencia, edifican y sostienen espiritualmente a nuestra diócesis.

 La compañía de Santa Teresa de Jesús (Teresianas): se establecieron en granada en el año 1958, dirigiendo el hospicio del Sagrado Corazón, fundado por el matrimonio Morales-Carazo, de reconocida filantropía católica. En 1962 fundaron una escuela para externas, y en 1975, el hospicio pasó a llamarse Hogar Alegría. Las hermanas teresianas han desarrollado una gran labor educativa y social en nuestra diócesis.

 e.      Beata Sor María Romero M.: Nació en Granada el 13 de Enero de 1902; emitió sus votos perpetuos, como hija de María Auxiliadora, el 6 de enero de 1929. El 19 de Abril de 1931 fue trasladada a San José de Costa Rica, y ahí vivió el resto de su vida dedicada a la “Casa de María Auxiliadora-obras sociales”, con escuelas para menores de escasos recursos, dispensario, talleres de costura, oratorio, ropero del pobre y distribución de alimentos. Durante unas vacaciones en Nicaragua, falleció en las Peñitas, León, el 7 de Julio de 1977. Fue beatificada por S.S. el beato Juan Pablo II el 14 de Abril de 2002.

 La figura de Sor María Romero, ha surgido, como un regalo oportuno, un fenómeno de identificación y de interés común para los pueblos de Nicaragua y Costa Rica. Su mensaje y ejemplo se ofrecen ahora a estos dos países.

 

Reta a los nicaragüenses a no exportar más sus heridas y a ser conscientes de cuánto son capaces de engrandecer cualquier país, si viven y trabajan dignamente multiplicando sus talentos con un sano orgullo. Les reta, particularmente a los nicas residentes en Costa Rica, a dejar una huella como la que ella misma dejó en ese país.

 

Sor María Romero ofrece ahora a los pueblos, gobiernos e Iglesia de Nicaragua y de Costa Rica, la posibilidad de reencontrarse en ella y a través de ella reencontrarse también en Cristo y en su buena noticia de perdón y de solidaridad.

 

  1. f.        El primer Sínodo diocesano: fue convocado por Mons. Bernardo Hombach, habiéndose celebrado tres sesiones: la primera del 23 al 25 de Febrero del 2006; la segunda, del 7 al 9 de Septiembre del 2006 y la tercera, del 17 al 25 de enero de 2007.  El documento final fue promulgado oficialmente el 11 de Julio del 2009.

 

El lema o hilo conductor era “Venga a nosotros tu Reino”. (Mt 6, 10)Se eligieron doce temas para estudio y profundización: Evangelización, liturgia y sacramentos, catequesis, pastoral social, los laicos y los movimientos laicales, pastoral familiar, presbiterio y formación sacerdotal, vida consagrada, pastoral juvenil, educación católica, medios de comunicación social, ecumenismo.

 Dada la realidad de la diócesis se priorizaron tres temas:

La evangelización: como primera misión de la Iglesia. Aparecida nos recuerda: “Nosotros, como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama. “La Nueva Evangelización”, conocida bajo las siglas SINE ya se ha implementado desde 1988 en nuestra diócesis con gran éxito. Nos ayudará a realizar la misión continental permanente en nuestras parroquias. Por eso será el método oficial de pastoral en la diócesis, adaptándola a las circunstancias concretas de cada parroquia.”

El Sacerdocio y la formación de futuros sacerdotes: es otra prioridad. El año del sacerdote que celebramos enriquecerá este esfuerzo. Nos parece importante fomentar la unión y mutua responsabilidad entre los sacerdotes. El señor nos pregunta: ¿Dónde está tu hermano? No podemos justificarnos simplemente: ¿Soy yo acaso el cuidador de mi hermano? La formación permanentemente, sobre todo de los sacerdotes jóvenes, debe ser otra preocupación. Pedimos a nuestros fieles que tengan presente a sus pastores en sus oraciones. Disponemos que todos los jueves se rece delante el Santísimo, por tres veces, la siguiente plegaria: Oh Jesús, pastor eterno de las almas, danos sacerdotes Santos según tu corazón.

La pastoral de la familia: es otro reto en nuestros días. La familia como núcleo esencial de la Iglesia y de la sociedad merece una atención especial en este tiempo, tan hostil a esta institución. La meta es, que en todas las parroquias se organice la pastoral familiar y ayudar a los matrimonios a vivir con alegría su vocación de esposos y padres. Nuestra preocupación es que tengamos familias donde se rece, los esposos con los hijos. Una familia que reza, es una familia unida. Por eso proponemos una oración breve, que los padres con sus hijos recen todas las noches: “Bendice, Señor nuestras familias. Ayúdanos a vivir unidos por el amor, y a curar nuestras heridas a través del perdón”

 

  1. g.      Desde nuestra pobreza, la diócesis ha dado un Obispo: Mons. Sócrates René Sándigo Jirón, nace en Diriá, Granada, el 19 de Abril de 1965. Fue ordenado Presbítero el día 11 de Enero de 1992. Ha sido profesor en los tres Seminarios Mayores de la Provincia Eclesiástica de Nicaragua. Nombrado Obispo de la Diócesis de Juigalpa por el Papa Juan Pablo II, el día 28 de Octubre del 2004, fue consagrado el 22 de Enero de 2005. Secretario de la Conferencia Episcopal de Nicaragua y Delegado por la CEN ante el CELAM, por un periodo de dos años 2005-2007. Actualmente es presidente de la CEN.

 

  1. h.     La diócesis también aporta un presbítero: D. Augusto Horacio Ríos Rocha, quien trabaja en el CELAM, Colombia.

 

  1. i.        El Santuario Nacional del Señor del Rescate: en Popoyuapa. Rivas, gran centro de peregrinación nacional principalmente durante la cuaresma de cada año. Se destaca la peregrinación en carretas y la romería de los fieles. Fue elevado a Santuario Nacional por decreto de la CEN el 29 de Enero de 2013.

 

  1. j.        La devoción a la Santísima Virgen María: ha marcado desde siempre la vida de nuestra diócesis. La antigua parroquia de Granada se dedicó a la Inmaculada Concepción de Ntra. Sra., y hoy la S.I. Catedral, ostenta el mismo título. La mayoría de templos de nuestra sede episcopal están dedicados a la Santísima Virgen: María Auxiliadora, La Asunción de Xalteva, La Merced, La Inmaculada Concepción (catedral), Guadalupe, El perpetuo Socorro, Fátima, El Carmen y en toda la diócesis está profundamente arraigado el amor y el fervor mariano.

 Por la llegada del evangelio, damos gracias al Señor y reconocemos,  no obstante, que este acontecimiento estuvo acompañado ciertamente de sombras o aspectos negativos nada evangélicos. Como el trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) las luces como las sombras han estado presentes hasta el fin de los tiempos en la construcción del Reino. 

  Sombras de nuestra tarea evangelizadora:

 

  1. a.      Partida del primer obispo: Mons. José Cándido Piñol y Batres, de origen guatemalteco no estuvo ni seis meses en la diócesis. Adujo que renunciaba por la dureza del clima, y también pudieron haber influido las diferencias con autoridades políticas y parte del presbiterio de aquel entonces. En su primera y única carta pastoral, dejó escritas estas enigmáticas palabras: “Pido al Señor, les provea con un obispo como lo merecen y lo necesitan” 

 

  1. b.     Escasez de sacerdotes y por ende deficiencia en el trabajo de evangelización.

 

  1. c.      Expansión de las sectas protestantes: tuvieron gran impulso a raíz del conflicto entre el obispo auxiliar, Mons. Carlos Borge Castrillo, y cofradías tradicionales del pueblo de Diriomo, acaecido en febrero de 1948. La poca y deficiente formación religiosa, favoreció la instalación y avance de las sectas.

 2. Una mirada “hacia dentro”: comprender qué es una Diócesis.

 El principal fruto que podemos esperar de la celebración de este centenario, debería consistir, a mi juicio, en un reavivar nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia, asumiendo  gozosa y libremente  la eclesialidad de nuestra fe; y ello mediante  el conocimiento  y la implicación en la vida y las tareas concretas de nuestra Iglesia local, pues en ella se hace presente, para nosotros y para nuestro pueblo, la Iglesia de Dios, y en ella encontramos las fuentes de nuestra experiencia cristiana. Nuestra fe no es posible sin la Iglesia, que es ante todo la obra del Dios trinitario  en el seno de la familia humana;  pero, a la vez, la Iglesia no se construye ni realiza su misión sin nosotros, sin la colaboración de cuantos formamos la “familia diocesana”.

 Las condiciones  de nuestra sociedad actual, caracterizada tanto por la secularización como por el pluralismo religioso, nos exigen más que en otras épocas subrayar el sentido de nuestra pertenencia eclesial, unida a la afirmación sin complejos de nuestra identidad  cristiana. Y hay que decirlo claramente: esta conciencia e identidad  es hoy especialmente necesaria, no para marcar distancias con los que, entre nosotros, no comparten nuestra fe, ni para pretender ninguna exclusividad elitista (y, mucho menos, sectaria); se trata, por el contrario, de asumir nuestra condición creyente como el soporte necesario para poder “dar razón de nuestra esperanza” (1Ped 3,15).

 Reavivar el sentido de la pertenencia  eclesial, es lo que pretendió en definitiva el Concilio Vaticano II; y cuando hoy estamos conmemorando el cincuentenario de su inauguración, estamos llamados a reactualizarlo, haciéndolo nuestro en el “ahora” de nuestra Iglesia. A ello puede seguir ayudándonos el magisterio del mismo Concilio que, en palabras de Juan Pablo II, tiene que ser la “brújula segura” orientadora de la Iglesia en sus itinerarios difíciles durante  el tercer milenio ya en curso8; y a él tenemos que referirnos, para percibir mejor nuestra identidad cristiana desde la pertenencia a la concreta familia eclesial que es nuestra Diócesis de Granada.

 Con ocasión de este centenario, más de uno se preguntará por la “fisonomía” de nuestra diócesis concreta,  “cómo  es” y “qué es lo que hace”. Sobre esto ya podemos  tener alguna idea, desde diversas fuentes de información  que están al alcance de todos: por ejemplo, las noticias que, en ocasiones, aparecen en los medios de comunicación, el anuario diocesano, algunas publicaciones o la página diocesana en Internet, el Facebook, el canal Cristo TV, la radio Católica, la hoja dominical, y otros medios que informan puntualmente sobre la vida y actividad de nuestra iglesia diocesana.

 Sin embargo, corremos el riesgo de informar y reducir todo esto a un simple conocimiento periférico y superficial (como el de quien  ve las cosas “desde fuera”): en este sentido, y como ocurre con la pertenencia de cualquiera a su concreta familia natural, los que mejor la conocen (independientemente de su imagen pública) son los que la viven “desde dentro”, participando  de su tradición y de su vida y compartiendo  los momentos de alegría y los problemas que afectan a todos y cada uno de sus miembros.

 Algo semejante podría decirse de la propia “familia diocesana”: quienes participan de su vida, de sus búsquedas, de sus proyectos e iniciativas, implicándose de alguna manera en todo ello, estos realmente “conocen” (porque “saben”, en vivo y en directo) lo que es concretamente  una diócesis. Y a esta pertenencia implicada quisiera, aquí, invitar a las hermanas y hermanos  que formamos la Iglesia local de Granada.

 Sin embargo, no se comprende “lo que es una diócesis” si se la considera, únicamente,  como una especie de “provincia” de la Iglesia universal, como una mera circunscripción administrativa, delimitada geográficamente y como resultado de una decisión jurídica. Una diócesis es algo más que una “parte” o una mera “extensión” de la única Iglesia que tiene su centro en Roma.

 Es verdad que en una Iglesia, que es a la vez “sociedad visible y comunidad  espiritual” (LG 8), la circunscripción de los límites territoriales de las diócesis y el modo “canónico”  como se lleva a efecto no son cuestiones despreciables, en una visión realista de las cosas; y de ello se interesó también el Concilio con una preocupación pastoral.9 Sin embargo, comprender a la propia diócesis “desde dentro”  quiere decir entenderla “teológicamente”, viendo en ella la expresión  de la única Iglesia de Jesucristo en un determinado lugar.

 Preguntándose  por lo que constituye la “novedad” sustancial de la eclesiología del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II señala que “entre los elementos que caracterizan la imagen verdadera y propia de la Iglesia, debemos poner de relieve sobre todo éstos: la doctrina según la cual la Iglesia es presentada como pueblo de Dios y la autoridad  jerárquica como servicio; la doctrina que contempla  a la Iglesia como “comunión” y que, por lo mismo, determina las relaciones que debe haber entre las Iglesias particulares y la universal, entre la colegialidad y el primado;  además la doctrina según la cual todos los miembros del pueblo de Dios, cada uno a su manera propia, participan de la triple misión de Cristo: sacerdotal, profética y real. Con esta doctrina  se conexiona también  la que se refiere a los deberes y derechos de los fieles, y particularmente  de los laicos; y, finalmente, el empeño que la Iglesia debe poner en el ecumenismo”.10

 Según el Vaticano II, a grandes líneas, una diócesis se comprende como:

  • La expresión y manifestación,  en cada lugar, de la única Iglesia del Dios trinitario.
  • Al igual que la Iglesia indivisible extendida por toda la tierra, así cada Iglesia particular es el resultado de la actuación del Dios trinitario en medio de su pueblo.
  • Para el bien de la Iglesia universal, cada diócesis existe y vive su propia experiencia eclesial “en la comunión de las Iglesias”: de ahí que la relación existente entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal deba ser asumida por cada diócesis, como testimonio y garantía de su identidad católica.11

 

2.1 La principal manifestación de la Iglesia (SC 41).

 Sobre este punto,  el Concilio nos ofrece una primera indicación en la Constitución sobre la liturgia, cuando trata del “fomento de la vida litúrgica en la Diócesis y en la parroquia” (SC 41-42). Partiendo de la idea de que “el Obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida en Cristo de sus fieles”, se nos alienta ahí a valorar “la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral”; y ello desde la convicción de que:

la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación  plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente  en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar, donde preside el obispo ro- deado de su presbiterio y ministros” (SC 41).

 Desde una perspectiva litúrgica, se nos dice ahí que la única Iglesia de Dios “se manifiesta” en cualquier lugar del mundo, sobre todo, por el acontecimiento  incesante y localmente reiterado de la celebración eucarística, especialmente la presidida por el obispo: cuando éste, en momentos significativos de la vida diocesana, concelebra con su Presbiterio,  y los fieles (“el pueblo  santo de Dios”) participan activamente de esa Eucaristía, en esa misma celebración se manifiesta y hace presente la Iglesia(A la hora del Concilio, el teólogo K. Rahner señalaba que “la Iglesia local no tiene su origen en la topografía, sino en el misterio de la Eucaristía, communio sanctorum”)

 A la vez y en el marco de cada diócesis, se aplica a las parroquias la misma característica de actualización  y presencia  de la Iglesia, pues “como no le es posible  al obispo, siempre y en todas partes, presidir personalmente en su iglesia a toda la grey, debe por necesidad erigir diversas comunidades de fieles”, entre las que sobresalen las parroquias, “distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces del obispo, ya que de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida por todo el orbe” (SC 42).

 Para cada uno de los cristianos, el lugar inmediato en el que “experimentan” la Iglesia es normalmente la parroquia, que merece “ser llamada con el nombre que es gala del único y total Pueblo de Dios, es decir, Iglesia de Dios” (LG 28); y así lo reitera Benedicto XVI, pues “el modo concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las parroquias,  como estructuras fundamentales  de la Iglesia en un territorio particular”12. 

Dada la relevancia que, en estas celebraciones del centenario de nuestra diócesis, va a tener la catedral restaurada de la Inmaculada Concepción de María, no quiero pasar por alto esta referencia del texto conciliar a la iglesia catedral.

 “Como es sabido, aparte de otros significados simbólicos de las catedrales, éstas son así llamadas por el lugar relevante que en ellas ocupa la “cátedra episcopal”, es decir, la sede “desde la que el obispo educa y hace crecer a su pueblo por la predicación y donde preside las principales celebraciones del año litúrgico y de los sacramentos”. Cuando  esto tiene lugar, la iglesia catedral aparece como “el centro material y espiritual de unidad y comunión  para el presbiterio diocesano y para todo el Pueblo santo de Dios”, siendo “como la Iglesia madre  y el punto de convergencia de la Iglesia particular”13.”

 “Los obispos son el principio y fundamento visible de unidad  en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal; en ellas y por ellas existe la una y única Iglesia católica. Por esto cada obispo representa a su Iglesia, tal como todos ellos, a una con el Papa, representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y la unidad” (LG 23.1).

 ¿Qué es una diócesis?

 “La diócesis es una porción del pueblo de Dios, que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación del colegio de los presbíteros, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo, por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente  la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (CD 11)14.

 Antes que una estructura organizativa eclesiástica (una “circunscripción administrativa religiosa”, análoga a las subdivisiones territoriales en la sociedad civil o política), es “una porción del pueblo de Dios”, es decir, está constituida  por “personas”: ante todo, por Dios que congrega a su pueblo en un determinado  lugar, y por los creyentes que ahí responden a su llamada.  Y que, por lo mismo,  la que llamamos  “familia diocesana”  no está compuesta por la totalidad de los ciudadanos de nuestro entorno geográfico, sino por los que en él forman una “comunidad de fe, esperanza y caridad” (LG 8), porque “miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz” y se saben llamados por Cristo “a la comunión de vida, de caridad y de verdad” (LG 9).

 Merece  la pena destacar que, con el término intencionado de “porción del Pueblo de Dios” (no “parte”) se quiere resaltar que cada diócesis, si bien forma parte de la única Iglesia universal, sin embargo no es una Iglesia “incompleta”,  ya que conserva todas las cualidades y propiedades  esenciales del conjunto. De ahí que deba decirse que, en cada Iglesia particular (y así en nuestra diócesis), “se encuentra y opera verdaderamente  la Iglesia de Cristo, que  es una,  Santa, Católica y Apostólica”. Por ello, tenemos que comprenderla como “la presencia concreta y plena de la Iglesia de Dios entre nosotros”, puesto que en ella se dan las realidades  esenciales que la hacen posible y que el texto conciliar destaca: el anuncio del Evangelio, la Eucaristía y el ministerio pastoral del obispo.

 Para que en nuestra diócesis se viva y se exprese la unidad de “la familia de Dios”, no es casual que en cada Eucaristía seamos constantemente  invitados a que “la comunión del Espíritu esté siempre con nosotros”;  y que en la segunda plegaria eucarística se pida a Dios “que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”, para, desde ahí, hacer de nuestra vida diocesana una experiencia habitual y concreta de comunión.

 Como conclusión de este apartado, mirando “hacia dentro” de la realidad de una diócesis y antes de indicar algunas de las tareas que nos esperan, quiero destacar un par de textos que concentran de forma sintética el magisterio de la Iglesia sobre la “identidad”  de una diócesis.

 El primero de ellos es la oración/colecta del Misal romano por la Iglesia local. En ella, se describe a la diócesis en “forma de plegaria”, ya que, por encima de todo, la Iglesia es “misterio”, es decir obra de Dios.

Oh Dios, que en cada una de las Iglesias diseminadas por el mundo  manifiestas el misterio de la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, haz que tu familia se una a su pastor y, por el Evangelio y la Eucaristía, se congregue en el Espíritu Santo, para que manifieste dignamente la universalidad de tu pueblo  y sea signo e instrumento  de la presencia de Cristo en el mundo”.

 El segundo de ellos está tomado del último Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, titulado Apostolorum sucesores (2004), fruto del Sínodo celebrado tres años antes sobre ese tema (2001)  y de sus conclusiones, recogidas por Juan Pablo II en la Exhortación postsinodal Pastores gregis (2003). Ahí se destacan “las características de la Iglesia particular”, vista como un “sujeto histórico” por el que (y para el que) deben realizarse determinadas  tareas, con responsabilidades compartidas. El texto es el siguiente:

 La Iglesia particular (o diócesis) es:

- una comunidad de fe que necesita alimentarse de la Palabra de Dios;

- una comunidad de gracia, en la que  se celebra el sacrificio eucarístico, se administran los sacramentos y se dirige a Dios una oración constante;

- una comunidad de caridad (espiritual y material) que bebe de la Eucaristía como de su fuente;

- una comunidad de apostolado, en la que todos están llamados a difundir las insondables riquezas de Cristo”.

 En todos estos aspectos, prosigue el texto, “están implicados diversos ministerios” que encuentran su radical unidad y armonía  en la figura del obispo: situado, éste, “en el centro de la Iglesia particular, rodeado por su presbiterio  y con la ayuda de los religiosos y laicos”, enseña, santifica y gobierna, “en nombre de Cristo  y con su autoridad, al pueblo que le está estrechamente unido, como el pastor a su rebaño”.15

 3. Una mirada hacia delante

 Aquí me pregunto por lo que estamos llamados a hacer “entre todos”, en este momento  de nuestra sociedad y de la Iglesia, para que nuestra diócesis se construya realmente como “una comunidad de fe, de gracia, de caridad y de apostolado”; y ello, con el talante que alentó al mismo Concilio Vaticano II en sus trabajos para la renovación de la Iglesia.

 Contemplando los trabajos de remozamiento y restauración de la S.I. Catedral de la Inmaculada Concepción, quisiera comparar las obras que se realizan como semejantes a una iglesia “no cerrada, sino abierta por obras”. Como ocurre en proyectos de este tipo, también para la restauración y continua construcción de la Iglesia diocesana nos preguntamos (como haría cualquier arquitecto) por el “modelo” de edificio que se pretende, según las finalidades de nuestra misión cristiana.

 Pensando en las “obras” a realizar en adelante, quiero sugerir algunas prioridades que considero importantes,  según “la triple tarea en que se expresa la naturaleza íntima de la Iglesia: el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos  (liturgia) y el servicio de la caridad (diaconía). Son tareas que se implican mutuamente  y no pueden separarse una de otra”16; y a participar  en ellas somos invitados todos cuantos formamos la familia diocesana.

 3.1. La Diócesis, una Iglesia “en construcción”.

El Concilio Vaticano II, para explicar el “misterio” de la Iglesia” (también  en sus realizaciones locales y comunitarias), nos recordó que ésta es asimilada a un edificio que se va construyendo  incesantemente. Así, entre las numerosas figuras o imágenes del Nuevo Testamento que expresan “la íntima naturaleza de la Iglesia”, destacan la de “cuerpo de Cristo” (LG 7) y la de “templo del Espíritu”, ambas muy relacionadas  entre sí. Y si con la primera  se nos dice que la Iglesia es como un organismo vivo, que tiene que crecer, con la segunda se viene a decir prácticamente lo mismo, pero desde el imaginario de una construcción (espiritual) que se va edificando. La Lumen gentium señala cómo, en los escritos del Nuevo Testamento,  “muchas veces la Iglesia se llama también  “edificación de Dios” (1Cor  3,9)”:

“el mismo Señor se comparó a una piedra rechazada por los edificadores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21,42 par.; cf. Hch 4,11; 1 Pe 2,7; Sal 117,22).  Sobre aquel fundamento  levantan los apóstoles la Iglesia (cf 1Cor 3,11) y de él recibe firmeza y cohesión.     

A esta edificación se le dan diversos nombres: casa de Dios (1Tim 3,15), en que habita su “familia”, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (Apoc 21,3) y sobre todo “templo” santo, que los Santos Padres celebran representado en los santuarios de piedra, y en la liturgia se compara justamente a la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Porque en ella somos ordenados en la tierra como piedras vivas (1Pe 2,5)” (LG 6,4).

Reconozcamos pues a la Iglesia, ante todo, como la “obra” de Dios: Él es quien edifica, construye, reconstruye y reedifica a su pueblo (cfr. Jer 30,18s), siendo su presencia indispensable para que su obra no fracase, ya que “si el Señor no construye su casa, en vano trabajan los albañiles” (Sal 127,1).  Y lo realmente decisivo es que, en el “edificio de su Iglesia”, Jesucristo es el único cimiento posible, la “piedra viva” que sustenta todo lo levantado por encima, dándole  solidez y seguridad. Resucitado  y siempre vivo, él es también hoy la piedra rechazada o desestimada por los más variados constructores de la realidad social; sin embargo, para los creyentes es la “piedra angular” de su vida, convencidos de que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que nosotros debamos salvarnos” (cf Hech 4, 10-12).

 Esta “básica” fundamentación  cristológica nunca puede ser olvidada, por más que el mismo Señor haya prometido  “edificar su Iglesia” sobre Pedro (Mt 16,28): de hecho, si ciertamente hemos sido “edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas”, con todo “Cristo  Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor”. Por él, también nosotros entramos con ellos en la construcción, siendo “edificados” todos juntos “para ser morada de Dios, por el Espíritu” (Ef 2,20-22).  Así, pues, todos los creyentes somos invitados a trabajar en esta “obra interminable”, en tanto haya hombres y mujeres en el mundo, y creyentes que oyen el mandato misionero del Señor: en primer lugar, los que tienen el carisma y la misión de transmitir  y comunicar  el Evangelio (“profetas,  evangelistas, pastores y doctores”) (Ef 4,11-12); y, con ellos, todos los “santos” (es decir, todos los creyentes), pues, como señala el Concilio en otro lugar, “la edificación del cuerpo de Cristo ha sido encomendada a todos” (PO 9,1).

 Por ello, los creyentes somos el “material” de la misma: de hecho,  si la Iglesia es comparada a una edificación  es por estar hecha de “piedras vivas”, según la sorprendente expresión de la primera carta de Pedro, condensada así:“Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1Ped 2,4-5).

 Por su parte, Pablo nos llama la atención sobre la calidad de los “materiales” que aporta cada uno, así como sobre lo que contribuye a la construcción de lo eclesial (1Cor 3,10-15);  y puesto que, a diferencia de la ciencia que envanece, la caridad es lo que “edifica” (1Cor 8,1), nos invita al “crecimiento  y edificación en el amor” (Ef 4,16), “procurando lo que fomenta la paz y la mutua edificación” (Rm 14,19; 1Tes 5,11).

Quiero hacer notar que este discurso “constructivo” debe tomarse absolutamente en serio: de hecho, evoca “los duros trabajos del Evangelio” (2Tim 1,8) de quienes edificaron las primeras comunidades cristianas, así como nuestras fatigas cuando buscamos prolongar aquella tarea en situaciones radicalmente nuevas.

 En este sentido, y ahora que celebramos los primeros 100 años de vida diocesana, nos reconocemos deudores de los que nos han precedido en la construcción de lo cristiano-católico entre nosotros. Pero, por decirlo también con palabras de Pablo, si en nuestra diócesis vivimos de “los cimientos puestos por otros”, con todo, nuestro principal desafío ahora es semejante al que, “como buen arquitecto”  (1Cor 3,10), movió a Pablo: “anunciar el Evangelio allí donde el nombre de Cristo no es aún conocido”, persuadidos de que “los que ningún anuncio recibieron de él, le verán, y los que nada oyeron, comprenderán” (Rm 15,20-21).  Lo que exige de nosotros una sensibilidad “abierta” y audaz, “permaneciendo cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio” (Col 1,23).

 3.2. Una Iglesia diocesana “abierta”.

 Que la Iglesia (en lo que dice, en lo que vive y en lo que hace) tenga que ser una Iglesia “abierta”, es algo más que un tópico y un deseo (compartido, también, por los que la miran desde fuera): es la exigencia cristiana esencial que se corresponde con la misma “apertura” de Dios al hombre, al enviarnos a su Hijo para compartir con nosotros la aventura humana. Por ello, y lejos de cualquier cálculo estratégico, lo que fundamenta  y obliga a la “apertura” de la Iglesia es lo expresado en el evangelio de Juan: ”porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna: porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

 Este dinamismo del amor de Dios que, saliendo de sí mismo,  se entrega al hombre para la vida del mundo,  es el que debiera caracterizar la existencia eclesial “abierta” en sus más diversas actividades. Así lo comprendió Pablo VI, cuando en la Encíclica Ecclesiam suam, traducía esta “apertura” con la clave del “diálogo”;  y desde esa misma  clave realizó el Concilio Vaticano II su obra renovadora de la Iglesia: abriéndose a las “fuentes de la fe”, superando en sí misma el bloqueo de sus “fronteras internas” (entre ministerios y fieles, entre laicos y sacerdotes, entre religiosos y no religiosos), abriéndose a los otros cristianos (la apertura ecuménica) y a los interrogantes,  las búsquedas y los proyectos del mundo contemporáneo.

 De esta forma, la Iglesia buscaba “avanzar juntamente con toda la humanidad, experimentando la suerte terrena del mundo y actuando como fermento y como alma de la sociedad, que debe re- novarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS 40).

 Este “modelo de Iglesia”, es todo lo contrario de la mentalidad del ghetto (la de una organización introvertida, cerrada en sí misma, obsesionada por preservar y conservar su estructura institucional y su predominio  social): es el modelo de una Iglesia encarnada en la historia, solidaria con los itinerarios de los hombres  y mujeres de nuestro tiempo siendo sensible a los “signos de los tiempos”, una Iglesia participativa y acogedora, que acompaña, escucha y dialoga con cuantos buscan la humanización de la vida. Y todo ello desde la profunda convicción de que Jesucristo, “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre lo sublime de su vocación” (GS 22).

 Esta sensibilidad “abierta” penetró, después del Concilio, en quienes nos han precedido en la vivencia de su fe, y debe prevalecer hoy entre nosotros, siendo continuadores del trabajo pastoral que desde hace años se ha querido ir plasmando en las opciones de nuestra diócesis, desde el Sistema Integral de la Nueva Evangelización (SINE) implementado desde la primera mitad de la década de los años 90, pasando por Sínodo Diocesano (2006-2009), hasta las del actual Plan Pastoral de nuestra diócesis, que recoge el sentir de Aparecida: “una iglesia, comunidad de discípulos y misioneros”

 La Nueva Evangelización es una respuesta comprometida a la “nueva primavera” de gracia o “nueva época misionera”. La comunidad eclesial se prepara no sólo por nuevos métodos y nuevas expresiones, sino principalmente por el nuevo fervor de caridad y comunión. Por este nuevo fervor, la Iglesia aparecerá como “nueva comunidad fraterna” encargada de ser comunión para construir la comunión universal. “Jesucristo ordenó a los Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva evangélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor”  (Cfr. GS 32; SRS<Sollicitudo rei socialis> 40)

 El sínodo sobre la nueva evangelización, en octubre de 2012, nos deja claro que la nueva evangelización es un momento del despertar, de un entusiasmo renovado y de un nuevo testimonio de que Jesucristo es el centro de nuestra fe y de nuestra vida cristiana invitando a cada cristiano a una renovación de la fe, y a un esfuerzo real de compartir. Es una llamada a la iglesia para tender la mano a aquellos que están lejos de Dios y de la comunidad cristiana, y de este modo tengan un encuentro con Cristo. Además es necesario, discernir los signos de los tiempos para la inculturación de la fe en el mundo de hoy, es decir, de “encarnar el Evangelio en todos los pueblos”. Así mismo nos señala los grandes retos o desafíos que tenemos que enfrentar para hacerla realidad en un mundo globalizado y secularizado.

 Cuatro son las grandes líneas del plan pastoral diocesano: Misión, Formación, Organización y Comunión. Durante lo que va del año, “Año de la Fe” he constatado con gozo que la fe se fortalece compartiéndola, que hay enormes ansias de unirse a la acción-mandato misionero, que hoy resuena especialmente en nuestra iglesia universal y latinoamericana: evangelización, nueva evangelización, ser discípulos y misioneros en comunidad. Evangelizar es la misión de la iglesia, continuadora de la misión de Jesús. Es un proceso rico, dinámico y complejo que incluye una serie de dimensiones mutualmente complementarias e inseparables. 18

 Solamente una Iglesia evangelizada puede ser evangelizada y puede ser evangelizadora. Y solamente será una Iglesia evangelizadora la comunidad cristiana que se identifique a sí misma como misionera, encarnada en los problemas reales de los hombres, comunitaria, festiva, anunciadora del evangelio a los que no creen, educadora de los creyentes en la fe, en constante renovación y conversión, signo del Reinado de Dios. Una Iglesia en estado de misión permanente: “esta firme decisión pastoral debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de la diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera y abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” 19

 3.3 Nuestro compromiso de fe

 La iglesia Granadina tiene hoy nuevos retos. La sociedad espera que sigamos siendo mediadores convencidos de la buena noticia y de la posibilidad de construir un mundo más justo y humano.

Si seguimos como estamos, seremos una Iglesia de muchos bautizados, pero pocos catequizados; de mucha religiosidad y espiritualidad, pero sin enfoque social; de muchos grupos, pero sin pastoral de conjunto; con muchos jóvenes alejándose cada vez más de la Iglesia; con muchas actividades puntuales, carentes de sentido procesual; con gran población católica encerrada en los templos, lejos del resto de la sociedad, sin vocaciones, sin serios compromisos pastorales; con laicos formados, pero con poco compromiso misionero.

Si a pesar de nuestros pecados, de nuestras debilidades, de nuestras limitaciones, intentamos hacer la pastoral de conjunto fortaleciendo el dinamismo misionero, preocupándonos por los más pobres, por los más necesitados, es de esperar que haya un renacimiento de la fe; y todo esto exige mucho de todos los agentes pastorales (conversión pastoral, espiritualidad de comunión, trabajo en conjunto-laicos/clero, planes y programas procesuales).

Queremos ser discípulos misioneros de Jesucristo para tener y comunicar vida en Él; para ello se requiere tomar en cuenta las cuatro propuestas que el Documento de Aparecida presenta como distintivo del carácter discipular:

a- Vincularse a Jesús resucitado como “amigo” y “hermano”. El Espíritu nos identifica con Cristo -como don de amor del Padre- uniendo su vida salvífica a la nuestra para hacer que nuestra historia sea salvífica.

b- La vinculación sacramental por el bautismo está llamada a convertirse en “configuración existencial” con Jesucristo, en virtud de la opción por Él, que lleva al discípulo a renunciar a lo que lo separa de su Señor.

c- Este dinamismo discipular de creciente vinculación y configuración trae consigo la “misión”, entendida como aceptación de la luz y fuerza del Espíritu que hace posible el testimonio, como desborde de gozo, de lo que Jesús nos regala.

d- El discipulado se vive en “comunidad”, es decir, gracias a la comunión de los discípulos: la vinculación con Jesús es, por lo mismo, pertenencia a “los suyos”.

El documento conclusivo de Aparecida afirma que, todos y todas en la Iglesia, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral. (cf. DA 365), pues la acción eclesial no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros (cf. DA 367). El mundo está en cambio y la Iglesia, para continuar siendo la Iglesia de Jesucristo, también debe cambiar. Ante los nuevos desafíos se requieren nuevas respuestas pastorales, siempre ancladas en la verdad Evangélica de su Señor.

IDENTIDAD Y ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN

1. Renovar y fortalecer nuestra comunión eclesial en la diócesis, parroquias, movimientos y diversos grupos y comunidades eclesiales.

2. Implementar efectivamente una pastoral orgánica y de conjunto con las necesarias estructuras y planes pastorales.

3. Promover la pastoral vocacional y ministerial y hacer realidad el diálogo, la participación, la actitud de servicio y la cercanía de todo el Pueblo de Dios (obispos, presbíteros, religiosos, laicos) y entre todas las diversas culturas.

4. Establecer los mecanismos necesarios para que se dé realmente una economía solidaria en el clero y las comunidades.

EVANGELIZACIÓN

1. Recuperar la dimensión misionera de la Iglesia como don y tarea de todos los bautizados y la necesidad de inculturación de todo proceso evangelizador.

2. Poner en práctica de manera responsable los itinerarios de iniciación a la vida cristiana de los adultos (cfr. RICA) y hacer realidad la inspiración catecumenal de todos los procesos catequéticos.

3. Urgir la implementación de modelos de formación permanente a todos los niveles de la vida cristiana, privilegiando la formación y animación bíblica de la pastoral.

4. Potenciar a la familia como iglesia doméstica y primera escuela de fe, articulando los diversos movimientos que trabajan a favor de la familia, en defensa de la vida y del matrimonio, fundado entre un hombre y una mujer.

5. No descuidar el desarrollo de la pastoral de la esperanza en los casos de fallecimiento y sus funerales.

6. Involucrar a los jóvenes en su propio proceso de maduración humana y cristiana a través de formación personal y comunitaria, que los lleve a un encuentro personal con Cristo y al compromiso con la acción misionera de la Iglesia en el mundo.

LITURGIA

1. Continuar promoviendo el conocimiento de la Pastoral Litúrgica.

2. Cuidar la riqueza de la celebración litúrgica del Misterio cristiano para que la participación de todos sea “plena, consciente, activa y fructuosa” (SC 11; 14), fomentando la debida inculturación.

3. Potenciar la catequesis y formación litúrgica de tal manera que se comprenda la íntima unión entre el Misterio, la celebración y la vida.

4. Reconocer la necesidad e importancia de los Delegados de la Palabra y otros ministerios laicales animadores de la comunidad.

 

PASTORAL SOCIAL

1. Asumir los nuevos rostros de la pobreza, entre los que, por mencionar algunos, nos duelen los rostros sufrientes de los “pobres desechables”: los que viven en la calle, los enfermos, los adictos a las drogas y los privados de libertad…

2. Una Pastoral Social estructurada, orgánica e integral, que supere el simple asistencialismo paternalista e insista en lograr proyectos de desarrollo integral, cohesión social y participación.

3. Una renovada Pastoral Urbana con lenguaje, estructuras, prácticas y horarios adecuados.

4. Tomar conciencia de la necesidad de formación en doctrina social de la Iglesia, que impulse a los laicos a vivir su vocación específica, asumiendo el necesario protagonismo y testimonio para la transformación de las realidades temporales: cultura, familia, juventud, educación, política, economía, medioambiente, salud, medios de comunicación, ciencias, deporte…. “Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor.” (Francisco, homilía 14 de marzo 2013).

CAMINANDO Y COMPARTIENDO EN LA ESPERANZA

Confiados en la acción del Espíritu Santo y en la nobleza de tantos hombres y mujeres que comparten la fe y el anhelo de un futuro mejor, tenemos la esperanza de seguir caminando hacia una Iglesia más fiel al Evangelio y más comprometida con el Reino de Dios, casa y escuela de comunión, abierta a todos, que dé testimonio todavía más vivo del Señor resucitado para que en él nuestro pueblo tenga vida plena.

Ponemos a los pies de nuestra Patrona, la Inmaculada, aquella que ha caminado con nosotros desde el primer momento de nuestra historia, las esperanzas y compromisos de esta Iglesia granadina que quiere vivir hasta que el Señor vuelva haciendo realidad su maternal petición “hagan lo que Él les diga” (Juan 2, 5).

4. Conclusión.

Desde la conciencia de encontrarnos en un “cambio de época” y en un mundo alterado por acontecimientos de gran magnitud, y en gran medida imprevisibles, desconocemos lo que podrán suponer para el futuro de nuestra Iglesia diocesana los cambios que puedan producirse, tanto en la Iglesia como en nuestra sociedad.

Entretanto proseguiremos en la tarea, tan compleja como ilusionante, de renovar evangélicamente nuestra comunidad diocesana, mediante el impulso de la vocación, la comunión  y la misión de todos los que formamos la Iglesia; y, ciertamente,  alimentando  desde la fuerza del Evangelio la espiritualidad requerida para estos “tiempos fuertes”: una espiritualidad de la confianza, la fidelidad, la responsabilidad, la esperanza, la paciencia, el aprecio de lo pequeño,  la sintonía con los hombres y mujeres con quienes convivimos,  la compasión y la sanación de los que más sufren de entre estos.

Para ello no nos faltará la ayuda protectora de Nuestra Señora, Santa María, en el misterio de su Pura y Limpia Concepción, tan amada como invocada en nuestra Diócesis. Ella es modelo y arquetipo de la fe de la Iglesia”; con ella, “madre de la Palabra encarnada” y “mujer de la escucha de la Palabra y del silencio”, nos pondremos  a la escucha de Dios; por ella, “estrella de la evangelización” seremos orientados en esa tarea; con ella, “arca de la nueva y eterna Alianza” y “mujer eucarística”, nos encontraremos con Jesús; y como “madre de la Iglesia”, “espejo de la justicia” y “reina de la paz”, nos acompañará  en la “construcción”  de la Iglesia diocesana y de una sociedad más humana  y fraterna.

A lo largo de estos festejos jubilares en nuestra diócesis, nos acogemos a su intercesión cuando, con las palabras que propone el Misal romano, oremos por nuestra Iglesia local:

 Te rogamos, Señor, que se manifiesten con toda su fuerza y perseveren hasta el fin en nuestra Iglesia de Granada, la integridad de la fe, la santidad de las costumbres, la caridad fraterna y la religión auténtica, y, ya que no dejas de alimentar a tu pueblo con tu palabra y con el Cuerpo de tu Hijo, no dejes tampoco de conducirlo bajo tu protección”.

 En el 100 aniversario de la creación de la Diócesis de Granada.

 †Mons. Jorge Solórzano Pérez

Obispo de Granada


 

http://diocesisdematagalpa.org/wp-content/uploads/2013/11/440-1024x637.jpghttp://diocesisdematagalpa.org/wp-content/uploads/2013/11/440-150x150.jpgManuel Antonio Obando CortedanoDiócesis de GranadaINICIONACIONALES
¡Hermanas y hermanos de esta querida familia diocesana! Cuando, Dios mediante, el próximo 2 de Diciembre celebremos la Santa Eucaristía de acción de gracias por los 100 años de vida de nuestra Diócesis, haremos nuestras las palabras de Nuestra Señora en el Magníficat, pues “de generación en generación el Señor...