Diócesis de Matagalpa

Meditación del tercer Domingo de pascua

Jesús sigue apareciendo resucitado a sus discípulos. Estos estaban en sus tareas que habitualmente realizaban antes de conocerlo a Jesús. Si no fueran los apóstoles del Señor, se podría decir que santifican su vida con el trabajo diario. Pero, en este caso, ellos habían sido elegidos, no para pescar peces con sus redes, sino para pescar hombres con su predicación. No sé cómo verán ustedes esto, pero desde el punto de vista espiritual, estos hombres corren peligro de un retroceso. Los grandes pescadores de hombres, todavía no comprenden a qué han sido llamados. Y cuando llega el momento de trabajar con ganas, con fuerza, para la conversión de todo el mundo, ellos deciden refugiarse en las mismas cosas que hace tres años atrás hacían cuando no lo conocían al Señor.

Así somos los seres humanos: débiles y con pocas ganas de jugarnos por lo que creemos. Son las famosas recaídas. Salimos de un retiro queriendo cambiar nuestra vida y la del mundo, y, sin embargo, nada de eso sucede, porque volvemos a nuestros vicios de antes que conozcamos al Señor, porque pareciera más fácil entrar en recaídas que mantenerse de pie aun en las tormentas. El evangelio de Juan aprovecha la incapacidad de los discípulos para el cambio y nos cuenta este relato lleno de emoción en donde Jesús vuelve a empezar. Lo trágico de todo es que ellos ya habían visto al resucitado y sin embargo no pueden con su genio. A pesar de haberlo visto vivo, deciden volver a lo de antes. Como si todo lo que Jesús dijo, no valiera para nada, fuera algo que ya no está, que se perdió. A nosotros también nos pasa eso, no sólo con Jesús, sino con las demás personas. Preferimos la seguridad de nuestros ritos y costumbres a la novedad de la buena noticia. Y, aunque carguemos sobre nuestras espaldas años de apostolado en la parroquia, de servicio en la misma, no terminamos de convertirnos en lo que Jesús nos invita a ser.

Este Jesús que vuelve a empezar reproduce la primera escena de llamada, les hace tomar conciencia de su vocación, los vuelve al estado en el cual fueron llamados y elegidos para la gran tarea. Esta llamada es irrenunciable y, a pesar de que nosotros también, muchas veces, hayamos vuelto a nuestras lanchas de pesca, Él nos sigue llamando y nos invita a compartir su tarea, su misión. Lo que sigue muestra por dónde va el camino de Jesús. A Pedro, que lo traicionó, que lo negó, Jesús no le echa en cara nada; sólo le pregunta sobre su amor. Pedro y los discípulos, nos dice Juan, que no le preguntaban “¿quién eres? Porque sabían que era el Señor”, lo conocían. Por eso, cuando a Pedro Jesús le pregunta tres veces si lo ama, Pedro responde diciendo: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Tanto Jesús como los discípulos saben lo que hay en el corazón de cada uno, se reconocen a primera vista. Jesús sabe quiénes son ellos, los discípulos saben quién es Él. De un solo plumazo, Jesús le cambia la profesión a Pedro: de humilde pescador lo convierte en gran pescador de hombres; de gran pescador de hombres, Pedro se convierte en humilde pescador, y cuando Jesús lo encuentra, ya por última vez, cambiará totalmente: de pescador de hombres Jesús lo convierte en pastor de sus ovejas.

Es como si el Señor supiera que Pedro no podría cambiar en sus retrocesos si se entendía como pescador de hombres. Jesús corta de raíz esta incapacidad sacándolo del agua y llevándolo a tierra firme. A veces nos pasa a nosotros así, Dios nos habla y nos escucha con amor y, con métodos a veces drásticos, nos muestra el camino que debemos seguir. Es como si Jesús dijera: todo cambia para que nada cambie, no vuelvas atrás, sé tú mismo, cumple tu misión. El místico español, san Juan de la Cruz, escribió alguna vez, “en la tarde de la vida te examinarán en el amor”, Dios sueña que todos aprobemos.

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