Diócesis de Matagalpa

2º Domingo de Cuaresma, reflexión para hoy

Marchemos con alegría en este tiempo de Cuaresma hacia la Pascua. El texto del evangelio de Marcos, del segundo domingo cuaresmal , nos puede ayudar mucho para mirar más claramente la realidad escondida, cada vez más manifiesta, del misterio de Dios en Jesús de Nazaret, de cómo andamos en nuestra fe, y, por tanto, de nuestro calidad de confianza con y en Dios.

En la relato de la Transfiguración, Jesús escoge a tres de sus discípulos que podrían representar a cualquier creyente que en su vida de fe puede albergar dudas acerca del sentido del camino que recorre siguiendo a Jesús como el Señor de la historia. Dudas que en momentos y circunstancias críticas del creyente pueden llevar a la pregunta por ¿dónde se encuentra Dios? En la contemplación de lo acaecido en el monte de la transfiguración podemos encontrar la respuesta al cuestionamiento acerca de dónde se halla Dios. Jesús muestra su gloria y con ella el amor inconmensurable que tiene Dios para con toda criatura y con toda su obra creadora.

Ahora, en el hecho de la transfiguración, el fin último del destino de Cristo se muestra a unos hombres que reaccionan estupefactos ante lo que contemplan; la experiencia de luz como expresión de la vivencia plena de comunión con la realidad de Dios deja atónitos a los que la miran. Pero, esa visión de la gloria que adelanta el futuro definitivo de Jesús, no puede obviar un hecho contundente en la trayectoria de la vida del nazareno: aún había de seguir predicando la gran noticia que Dios le había compartido, que su amor a los hombres es incondicional y para siempre, y que debía de asumir las consecuencias del anuncio de ese mensaje que para muchos de sus contemporáneos era intragable por reaccionario. No cabe duda que para llegar al final ha de recorrerse un largo camino no siempre de color de rosa. Jesús había de pasar por la cruz para llegar a la gloria que en la transfiguración se puso de manifiesto.

Ante la realidad que supone la acogida de la gracia de Dios, que es su propia vida ofrecida personalmente a cada uno, y que de modo pleno y definitivo acaecerá cuando se rompan todas las barreras y principalmente la muerte, cabría preguntarnos si realmente somos capaces de acoger con igual intensidad los riesgos y dificultades que comporta el camino hacia nuestra gloria, es decir, ¿somos capaces de asumir la cruz como fuente de vida, como el mismo Jesús hizo?

Responder afirmativamente a esta cuestión nos sitúa en la tesitura de asumir el reto, no sólo de identificarnos con la persona de Jesús como el Hijo Amado del Padre, sino también con su proyecto, y esto hasta sus últimas consecuencias. Reto que me lleva a comprender cómo vivir cada día en comunión con Dios, que es lo que llamamos tener experiencia de salvación, comporta tomar la ‘cruz de cada día’, llevar ‘el yugo ligero’, amar como Dios nos ama, ver a los demás como él nos ve a cada uno de nosotros, descubrir que la fuerza de Dios se muestra en el compromiso por todos y especialmente por los más desvalidos, y un largo etcétera que, en definitiva, ha de llevarnos a una continua conversión al Señor. Es decir, no basta con construir tres tiendas y quedarnos extasiados ante la luminosidad de la realidad de Dios, pues este Dios, que se da a conocer en Jesús, pretende la amistad, la comunión o salvación de todos y para eso es necesario darlo a conocer también a todos.

Hay que bajar de nuestros montes particulares para mostrar a ese Dios que se ha hecho realmente humanidad en Jesús y con ello ha manifestado su compromiso para con los hombres. De esta manera, la Trasfiguración tiene sus efectos en nosotros que cada día, y de modo continuo, hemos de transformarnos en la realidad que confesamos: Jesús, el Hijo Amado del Padre. Esta dinámica descubierta en el relato de la Transfiguración la vemos refleja en Santo Domingo de Guzmán, el cual no se guardó nunca nada para sí, dando a los demás lo vivido en su relación con Dios. Contempló y dio de lo contemplado. Desde la interiorización profunda del misterio de Dios en el ámbito de la oración, el estudio, etc., Domingo transmitió a los demás su vivencia de la gloria de Dios.

El episodio de la Transfiguración del Señor es una invitación a preguntarnos por el papel y el compromiso que todo cristiano ha de tener en medio de una sociedad cada vez más fraccionada, una invitación a preguntarnos si realmente somos capaces de asumir y transmitir el mensaje de la cruz y de la resurrección.

Aprendamos, pues, a vivir verdaderamente el seguimiento de Jesús y con ello, a vivir no una Cuaresma más, sino una Cuaresma renovada y vivida en profundidad, abiertos al Espíritu para que él definitivamente nos transforme, y así aparezcamos ante los demás como agentes de la luz de la que fueron testigos los discípulos en el monte Tabor.

Comments

0 thoughts on “2º Domingo de Cuaresma, reflexión para hoy”

Write a Reply or Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>