Diócesis de Matagalpa

“La humanidad está resucitando”, asegura monseñor Rolando Alvarez

“Hoy nuestra certeza es que Cristo verdaderamente ha resucitado y que su luz ilumina la oscuridad de las crisis personales y de las crisis sociales y globales”, dijo monseñor Rolando Alvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, durante la homilía en la Misa solemne de Domingo de Resurrección, el 12 de abril, celebrada a puertas cerradas como toda la Semana Santa en la Iglesia Catedral San Pedro de Matagalpa al igual que en las 28 parroquias de la Diócesis.

Compartimos la reflexión que dirigió nuestro pastor:

“Cristo ha resucitado, la humanidad también resucitará de esta pandemia”:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1 Pe 1, 3). Celebramos la resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección. Nuestro final nos es el sepulcro. La muerte ha sido vencida por Cristo Jesús, “¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).

“Yo soy la resurrección, dijo el Señor, El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn 11, 25-26); “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día” (Jn 6, 40). San Pablo insiste, “si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes” (Rom 8, 11).

Jesús ha cambiado el rumbo de la humanidad. Ni la muerte, ni el hambre, ni las guerras, ni las enfermedades, ni la crisis económica, ni la corrupción, ni la violencia, ni la injusticia, ni esta pandemia que azota al mundo, tienen la última palabra. Todos nosotros, hijos de este tiempo y de todos los tiempos estamos inmersos en nuestra propia historia y en la historia que todos compartimos, que a veces parece un sin sentido, pero no es así, es una historia de salvación; nuestro final, si hemos vivido bien, es la Casa del Padre, es Jesús quien lo ha anunciado: “Venid benditos de mi Padre a disfrutar del reino preparado para ustedes desde toda la creación del mundo” (Mt 25,34).

El Viernes Santo, aún está muy fresco en el corazón: puedo ver a Cristo en el Monte de los Olivos, diciendo “Padre, si quieres aparta de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”, puedo verlo orando, suplicando, sudando sangre; puedo ver a Cristo apresado, golpeado, torturado, humillado, sometido a un juicio viciado y mentiroso, acusado, condenado; puedo ver a Cristo encarcelado, sus manos esposadas; puedo ver a Cristo atado a la columna y ver su flagelación, su piel desgarrada, herida, su sangre derramada; puedo ver a Cristo, coronado de espinas mientras su rostro es golpeado y escupido; puedo ver a Cristo rechazado y cargando la cruz con los pecados de la humanidad; puedo ver a Cristo débil, cayendo, enfermo; puedo ver a Cristo clavado y muerto en la Cruz.

Pasaron las horas y el miedo se hizo dueño, porque Aquel que era la esperanza estaba en el sepulcro. Pero llegó el amanecer del Domingo y el que estaba muerto fue vuelto a la vida y es que El mismo es la Vida. No hay llanto, ni tristeza, ni dolor, que pueda ser superado por esto, El es la Vida. … “y muerto El que es la Vida triunfante se levanta”.

“Sólo a la luz de la resurrección y del triunfo del humillado, del torturado, del oprimido de Cristo hecho obediente hasta la Cruz, pero ahora recibiendo de Dios “un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos”, se da la glorificación que explica el misterio del dolor. Esta es la gloria que da el sentido a todos los dolores de la humanidad. Este es el sentido de la Pascua: Cristo resucitado, el principio de una nueva creación. Ahora comprendemos que poner en Cristo resucitado toda nuestra esperanza, aún cuando sea desde un callejón sin salida, es aferrarse al poderoso, al que me sacará a flote de toda situación”. (San Oscar Arnulfo Romero, 14 de Abril de 1979).

La pandemia ha detenido a la humanidad y ésta vela junto al sepulcro en espera de un milagro. Cristo el Señor nos enseña que luego de la cruz existe la resurrección. Si bien es cierto que hoy se sigue luchando contra este mal, en gran medida hemos despertado, estamos resucitando a una mejor forma de vivir. Tenemos meses de vivir con esta pandemia, esta enfermedad de muerte, por la que el mundo reza, lucha, combate, hace su mejor esfuerzo y sin embargo ve el fracaso, vive la oscuridad, el miedo se ha hecho global, el sufrimiento es compartido por la humanidad y en esta situación hemos aprendido que necesitamos de todos, que todos somos importantes y necesarios.

En esta incertidumbre en que vivimos, se da un gran contraste, no todo está perdido, la humanidad está resucitando porque hoy tiene mejores sentimientos que meses atrás, porque en muchos aspectos ha dejado el egoísmo, el egocentrismo, para dedicarse al otro; muchos hospitales de esta “aldea global”, han optado por la vida, ya no desean la muerte. La humanidad está resucitando porque hay preocupación por compartir un poco de alimento, o simplemente el agua y jabón para que no haya más contagio. La humanidad está resucitando porque ya no te invita al consumismo sino a quedarte en casa y a redescubrir tu familia. La humanidad está resucitando porque quiere que te cuides, que salves tu vida.

También la naturaleza está resucitando porque en muchos lugares se puede respirar aire menos contaminado; porque las costas, playas están más limpias. Porque la vida silvestre en muchos partes se renueva.

Hoy nuestra certeza es que Cristo verdaderamente ha resucitado y que su luz ilumina la oscuridad de las crisis personales y de las crisis sociales y globales. Hoy más que nunca nuestra fe y nuestra confianza están puestas en El, teniendo la certeza que El está y que nuestros problemas pasaran.

Hoy más que nunca, nos quedamos junto a María, Madre de nuestro Señor y Madre nuestra, ella nunca perdió la fe ni la esperanza, a Ella escuchamos que nos dice, “no temas, ¿no esto yo aquí que soy tu Madre?.

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