Diócesis de Matagalpa

“La Iglesia está comprometida con la salud y la vida”. Monseñor Rolando Alvarez, en Misa Crismal

“La Iglesia está comprometida con la salud y la vida”, recordó monseñor Rolando Alvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, al presidir la solemne Misa Crismal en la Catedral San Pedro Apóstol de Matagalpa, el Jueves Santo 9 de abril.

Ante la pandemia del #Coronavirus y como medida de prevención al igual que todos los eventos de la Semana Santa, la celebración se desarrolló sin fieles físicamente pero ante miles que se unieron a través de los medios de comunicación y redes sociales de la Diócesis de Matagalpa.

Aquí lo que dijo expresó el Obispo durante la homilía:

Cristo, es el gran Pastor (Hb 13, 20), Él es la Puerta Santa (cf Jn 10, 9), es el Camino, la Verdad y la Vida (cf Jn 14, 6), es el Sacerdote Eterno (Hb 5, 6); nosotros sacerdotes en El, contemplamos Su Rostro y confirmamos nuestra fe y nuestra esperanza en Él, único Salvador y fin de la historia y en la Iglesia que brotó de Su Costado abierto, por amor. Nosotros, llamados por El para vivir su ministerio sacerdotal, en esta Misa Crismal somos exhortados por El y por la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, a quien servimos.

Sólo en el Nombre de Cristo se da al hombre la salvación. La salvación que nos ha ganado el Señor Jesús, y por la que ha pagado un alto precio (cf. 1 Co 6,20; 1 P 1,18-19), se realiza en la vida nueva que los justos alcanzarán después de la muerte, pero atañe también a este mundo, en los ámbitos de la economía y del trabajo, de la técnica y de la comunicación, de la sociedad y de la política, de la comunidad internacional y de las relaciones entre las culturas y los pueblos: Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina (cf. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 1).

El Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos son llamados a ser sus miembros. La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). (cf Redemptoris missio 14).

La Iglesia, es sacramento de salvación para toda la humanidad y su acción no se limita a los que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino escatológico. La Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo, la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la salvación escatológica. (RM, 20).

“La Iglesia no pretende poder político ni basa su acción pastoral sobre el poder político ni entra en juego de los diferentes partidos políticos ni se identifica con ningún partido político. Pero la Iglesia tiene que decir su palabra autorizada aún en problemas que guardan conexión con el orden público ‘cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas’. La Iglesia, pues, defiende los derechos humanos de todos los ciudadanos, debe sostener con preferencia a los más pobres, débiles y marginados; promover el desarrollo de la persona humana, ser la conciencia crítica de la sociedad. La Iglesia tiene que ser la conciencia crítica de la sociedad, formar también la conciencia cristiana de los creyentes y trabajar por la causa de la justicia y de la paz”. (San Oscar Arnulfo Romero, 5.3.1978).

Todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, la Iglesia no puede abandonar al hombre. El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención. Siendo pues el hombre el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser consciente de la situación de él. Es decir, debe ser consciente de sus posibilidades; de las amenazas que se presentan al hombre; debe ser consciente también de todo lo que parece ser contrario al esfuerzo para que la vida humana sea cada vez más humana, para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. (cf. Redemptor hominis, 14).

Entre evangelización y promoción humana existen vínculos profundos: Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención, que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia, que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad:¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 66).

Ante la pregunta ¿y quién es mi prójimo? Cristo siempre responde por encima de lo esperado. Jesús es el Buen Samaritano, La parábola del Buen Samaritano, nos conmueve, nos habla directamente al corazón. Nos produce incluso una cierta turbación de conciencia. En la pandemia que vivimos, es revelador que escuchando el juramento hipocrático, se experimentan sentimientos semejantes a estos “me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad” (Juramento hipocrático, Ginebra, 1948).

Vaya nuestro pensamiento a esos hombre y mujeres fieles a su juramento, fieles a la ley natural, fieles a los derechos humanos empezando por la salud y la vida, fieles a la dignidad de la persona, fieles a guardar la vida de los demás, se han comprometido a guardar la vida al servicio de la humanidad, vaya nuestro pensamiento a los que voluntariamente han ofrecido su inteligencia, capacidades humanas, virtudes, talentos, potencial, energía, fuerza y deber para tenderle la mano como buenos samaritanos a otros, a los que están en peligro, a los que están enfermos por esta pandemia. Vaya a ellos nuestra oración y reconocimiento, Dios en la vida junto con la historia será su corona.

Aunque entre el juramento hipocrático y la parábola del Buen Samaritano hay un intervalo de siglos, existe entre ambos un nexo común. Los dos dan cauce a una preocupación común, la defensa de lo que podemos llamar el Evangelio de la vida, una defensa que brota de un interés y un respeto profundos por la persona humana. Cuál es la respuesta que damos, como Iglesia, ante este “cuerpo” de la humanidad, que yace herido y asaltado a la vera del camino?

No tendríamos que cuidarlo, hasta que recobre su salud? La compasión nos impulsa a salir de nosotros mismos, que nos hace sentir con el que sufre. Es así como sentía compasión el mismo Jesús. Sufría con y en las personas a las que servía. La verdadera compasión no nos deja indiferentes o insensibles, sino que nos impulsa a ser solidarios con el que sufre. La solidaridad no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme e empeñarse por el bien común; es decir, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. No podemos ser espectadores silenciosos, temerosos de comprometernos por no mancharnos las manos. La indiferencia, el indiferente ignora al otro, y le trata como si no existiera. Ésta es la indiferencia y la insensibilidad del que hacen gala el sacerdote y el levita, cuando pasan de largo dando un rodeo, y dejan al pobre herido desangrándose. (cf Card. Paul Poupard, Presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura, X Conferencia Internacional organizada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Agentes Sanitarios).

La palabra que quizás exprese mejor la actitud y la obra del Buen Samaritano es la de compromiso. Y en el mismo instante en que se detiene para asistir a este desconocido, en ese momento nace un prójimo. La compasión que nace del amor es creadora, crea un prójimo “Podríamos incluso hablar de un sacramento, de un sacramento del amor: cuando alguien pone a disposición del prójimo su mismo ser vivo, su corazón, su fuerza, sus energías, entonces Dios hace entrar en juego su fuerza creadora, y surge el milagro de la relación con el hermano” (Romano Guardini, Volontá e Verità, Morcelliana, 1978).

La Iglesia está comprometida con la salud y la vida. El texto evangélico habla de un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. “Es un necesitado cualquiera que se cruza en mi camino, no importa cuál sea su nombre, raza o religión. No perdamos tiempo intentando saber los detalles; lo importante es no pasar dando un rodeo. (Card. Eduardo Pironio, Homo quidam, Dolentium hominum,1986).
No nos está permitido pasar de largo, con indiferencia, sino que debemos pararnos junto a él. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad (Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris, 1984 ).
“En verdad os digo: cuanto hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). La grandeza o la pequeñez de nuestro amor y de nuestro servicio a Dios no es otra que la del amor y del servicio a nuestro prójimo necesitado. En último análisis, es el amor lo único que cuenta. Es lo que San Juan de la Cruz afirma: “En el atardecer de la vida, nos examinarán en el amor”.

“Es el misterio de Cristo que se hizo siervo, se abajó, se anonadó y murió por nosotros. Jesús no pasó de largo; vino a nosotros, heridos de muerte, nos cuidó, pagó por nosotros y sigue pagando. (…) Jesús es el Buen Samaritano e invita al doctor de la Ley a hacer lo mismo. Os animo a plantearos algunas preguntas. ¿Qué hago yo? (…) ¿Soy un sacerdote que ve y mira a otra parte y se va?¿Qué hago yo ante tantas heridas?” (Papa Francisco 9.10.17)

Concluyo con estas palabras del Papa emérito “sacerdotes, “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no escatimar esfuerzos para prestarles asistencia y consuelo. El tiempo transcurrido al lado de quien se encuentra en la prueba es fecundo en gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral”. (Mensaje del Santo Padre Benedicto, Jornada Mundial Del Enfermo, 2010).

María Santísima, Madre le los sacerdotes, Madre de la humanidad, nos ayude a imitar a Su Hijo, a realizar cada día, con verdadera donación a todos, la misión a la que hemos que se nos ha encomendado.

Mons. Rolando José.
Obispo de Matagalpa.

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